Dirán que yo cantuve

Poesía de autor para el recuerdo.
Dolors Alberola
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Dirán que yo cantuve

Mensajepor Dolors Alberola » 17 Oct 2009 15:41

Este texto se escribió en el 2003, para lo que dos años después sería "El placer de la escritura o nuevo retablo de Maese Pedro" libro en el que doce poetas, cada una a su modo, relata su iniciación a la literatura.

Dirán que yo cantuve



Transcurre el año cincuenta y dos con fotogramas grises. Sueca es un pueblo pequeño, rodeado de arroz y de naranjos. Casi besa las faldas de azul multicolor mediterráneas. En su pequeña aldea de verano, Las Palmeras, conozco los inicios de la vida. Luego, conoceré el amor.
Me adivino en una vieja fotografía sepia. Tengo apenas seis meses, mientras ellas me obligan a solicitar mi leche. Ellas son las curiosas amigas de mi madre que esperan que mi gorda cabeza se incorpore, en medio de dos manos diminutas, sonrosadas y tibias y de mi boca aflore la tan sencilla frase, o mi primer verso: ¡Mamá, mama nena! Mi padre me contempla con recelo, porque por mucho que aligere su peso, que camine de puntillas, que no haga ni el más mínimo ruido, al llegar junto a mí -dormida yo-, abro los ojos y le miro con fijeza.
Cumplo los nueve meses y sé describir con bastante detalle lo que veo, en cambio, no camino. Nueve meses después explicaré que, debajo de casa, el sacerdote, el sacristán y los acólitos están cantando a muerte. Nadie me la ha nombrado pero la sé en la vida, me horroriza y, a fuerza de escribirla, lograré aniquilarla. Hoy que os narro todo esto, lo que antes fue pánico, sabiéndolo ineludible, es un punto de posible estética.
Tengo entre seis y siete años y escribo poesía. Mi madre me ha inculcado el amor por el verbo. La palabra es un juego, mañana será, junto a mis hijos, el motivo más potente de mi vida. Los hijos, la vida y la palabra: Yo no va a cantar más motivos que éstos.
Las mujeres de mi familia son de sangre imaginativa y dura. Mi tía abuela pinta, engaña a los hombres del entonces con pinceladas sobrias. Consigue, con poco más de veinte años -morirá pronto de tifus- la medalla de oro y la de plata de la Academia de San Carlos. Luego, descubrirán que la C. de su escueta firma -C. Beltrán- no significa Carlos, sino Carmen, pero será tarde para no reconocerla. Siendo mujer, vencerá el pincel sobre sus finos dedos. Intentaré lo mismo con la pluma.
Ahora -yo- tiene alrededor de diez años y aún juega con muñecas y con letras. El abuelo se cree que estas últimas me vienen de prestado.


Dulce musa que me inspiras
amor en el pensamiento
sin dejar que otros pesares
enturbien mi pecho abierto,
háblame del labrador...


No copio a nadie -porque a nadie conozco-: formo versos con corazón y tinta, recompongo ilusiones. Me gustan los cuervos, al lado de la casa de la abuela tienen uno. Soy una extraña niña que cambiaba varias veces de curso en un invierno y solucionaba algunos problemas de álgebra sin tener que escribirlos. Soy escrupulosa, romántica, delgada y con el rostro de unamujermuñecadeporcelanabronceada. Creo en Dios. Pruebo con la pintura, con la armónica, con la guitarra. Hablo correctamente el español y el francés y asisto a un cursillo de inglés y otro de italiano. Es curioso jugar con las palabras. En francés, la (là), es allá, le (lait) es leche, li (lit) es cama, lo (l´eau) es el agua, lu (loup) es lobo. Me gustan las palabras. Yo tiene la memoria repleta de palabras. Bicicleta es un sueño que yo no tiene -porque es mujer y se le puede romper el himen-. Infierno es miedo y yo le tiene pánico. Demonio es algo que, a los cuatro años, vive debajo y yo escucha en las baldosas, y el médico analista de la primera planta, al sonar, se convierte en presagio. Yo es vulnerable y tercamente dócil y niñera de su hermanita disminuida y acompañante de las dos niñas pequeñas de enfrente hasta el colegio. Yo prefiere las ciencias y paniquea en los ejercicios espirituales y se marea cuando en las antiguas oraciones le describen, uno a uno, los terribles síntomas de la muerte. Yo come patatas fritas en las clases de latín y gana, desde hace años, todos los concursos literarios de su colegio.
Tengo quince años y yo siente un cierto escalofrío al tocar el amor tan sólo con los labios y lo toca. Lo toca, lo acaricia eternamente durante dos semanas. El amor, tan pequeño, se va -de nuevo- a Barcelona y yo comienza a amar las palabras de nuevo. Tendré que estudiar valenciano. Sé hablarlo, pero no escribirlo. Es algo más complicado que el francés. Yo lo escribirá después de tres inviernos de estudio.
Yo es sensible, altamente vulnerable, tozudo hasta el límite, volátil, enamorado, sin dueño, pero puro. Luego yo elegirá un dueño: el verbo, el que fue en el origen, el único: la palabra. Y sólo va a cantar esa enorme palabra: la creación.
Sueca es un pueblo pequeño en donde vive En Joan Fuster y vivió el Maestro Serrano, José Serrano, Pepe para la familia -es familia de mi madre, antes y después de escribir el himno regional, El fallero, La Dolorosa, Los Claveles, Los de Aragón etc-. Sueca es un pueblo muy pequeño que linda con el Mediterráneo. Yo es una preciosa mujer que linda con el universo y disfruta acariciando luciérnagas, observando delfines brincando el horizonte, descubriendo tornados –sin saber el peligro que conllevan-. Yo es anfibio y pasa eterno tiempo en el mar. Prepara sus archivos para explotar un día, pero ignora que la musa y yo se entremezclan, se fundirán y serán una -ella-. Ella, cuando no sea nadie, será poema.
Yo aventura, cree haber vivido una tarde en que el mar se comió a la tierra. Los niños dicen, los hombres dicen y dicen las mujeres que el mundo se acaba un día de verano a las dos de la tarde y yo con sus amigos, los amigos y yo horadamos la arena para hacernos un búnker. Pero el mundo no muere -como no ha muerto ahora, ni al fin del milenio-. Yo se pregunta qué habrá después y sabe que nada sabe al respecto y que nadie sabe nada y que nada es posible; nada es nada.
Murió mi prima, a los doce años, de un tumor cerebral. Yo tenía trece. No puedo apartar de mí el pensamiento lúgubre. La existencia, el tema existencial se me devora. No me importa el tiempo, sobre ella tengo escrito un poema cuyos últimos versos dicen:


La prima con dos trenzas y un ataúd pequeño,
como un velero blanco que, bogando,
capitanea las diminutas muertes de mi infancia.


Mi padre es Procurador de Tribunales y recibe regalos por Navidad. Me regala dos libros de los suyos: Una casa en la arena, de Pablo Neruda y Billar a las nueve y media, de Henrich Böll. No descubro a fondo a Neruda (porque no presto una atención,
exquisita en esas fechas, a esas lecturas). Mis ahorros sirven para comprar libros, colecciones de clásicos. Leo prosa.
Yo estudia el bachiller superior y empieza medicina y deja medicina y es la primera mujer en la provincia que obtiene el título de Procurador de los Tribunales. Y yo obtiene la máxima puntuación y mi padre es inmensamente feliz. Cuando él es feliz, llora sobre mi hombro y yo es más cobarde todavía, porque le viene grande la emoción y es tímida. Yo es el ojo derecho de su padre y no estará, muchos años después, en su lecho de agonía. Yo es, amando, totalmente una isla. Yo, al firmar este escrito, es autista en el enorme mundo de las frases.
He estado unos días en Ibiza, cuando los hippies establecen tenderetes en la preciosa zona de Los Arcos. No soy de ellos, pero sueño con serlo. Miguel Ángel es un rizado muchacho enormemente blanco y de algodón y de amplias mangas acampanadas y admirador de Jimmy Hendrix. Yo es virgen y no se vende al preciosoángelpostor, ni al reportero de un periódico de la isla, ni al extranjero rubio y deseable. Yo viste de largo y vaqueros con pañoleta en la frente y ama asistir a espectáculos de cantautores y cree que Lluis Llach es el Wagner catalanomundial y se enamora de nuevo de la estética. Y, largos años después se casa y tiene cinco hijos en seis años y les escribe Trizas, libro de poesía infantil. Intento, con la palabra, conectar con la magia de su edad. Les cuento:


Una charca es: agua
mezclada con peces,
ranas saltarinas,
cortezas de nueces,
perfume de hadas,
sombras de ciprés...
Mas, si sólo es de agua,
¡una charca es!


Cabalga entonces mi vida entre Valencia y Andalucía. Conoceré mejor ésta que aquélla. En aquélla estuve interna la mayor parte de los años de estudio, por voluntad propia. Ahora que soy madre puedo decir: pasé la árida infancia que existe sobre los trece años con la muerte colgada de los ojos.
Yo comienza a ir a recitar a la Casa de Murcia, en Valencia, y a la de Aragón. Escribo entre otras cosas un poema social a la pasión: Anochece y es viernes. Me lo recitará un rapsoda, en la capital, durante más de dos años, junto a un repertorio de clásicos: “Es el poema más bello que he leído, de escritores jóvenes, desde hace mucho tiempo”, dice. Muchos años antes, comentó un confesor que si no me amarraba la imaginación iba a volverme loca.
Van creciendo los hijos y el poema se va haciendo más lento. La estética formal se va escondiendo. Las diminutas formas de los niños, sus redondeces bellas les transforman en preciosas criaturas, dignas de cualquier publicitario. De hecho, uno de ellos posa para una caja de juguetes. Conozco Andalucía. Las Zaharas acuden a mis ojos encaladas, sencillas de altivez, encaramadas en la piedra y en la ola: Zahara de la mar y Zahara de los cielos (de los Atunes y de la Sierra).
Busco de nuevo la poesía, casi no abandonada, pero lenta por el trabajo doméstico. Indómita la musa me acelera. Conozco en las Zaharas a Neruda, a Gil de Biedma -antes ya conocía a Bécquer y a Campoamor-. Leo muchísimos libros de esoterismo y de realismo fantástico. Neruda es el mago que hace volar a los notarios. Me enamoro de su pluma. Conozco a Walt Whitman: no me gusta la guerra, pero sí su masculinafemenilsensibilidad al describirla. Leo a Nicolás Guillén. Gil de Biedma parece un vividor empedernido. El Songoro Cosongo no me atrae tanto como la obra del maestro Pablo. Para mí: Pablo madera. Miguel Hernández me acalora. Le he leído, escuchado frenéticamente en la voz de cantautores. Conduzco a la velocidad de su niño yuntero y me paro, de vez en cuando, observando los naranjales de mi tierra, mientras alumbra mi silencio su nana de la cebolla.
Vivo a caballo entre Valencia y Andalucía, dos paraísos -el de las flores y el de la salqueescal-. Mi alma se debate entre dos tierras. Cada puerto de llegada es un puerto. Cada casa de ambas es mi casa. Mi corazón se abre, como granada, en dos. Granada abre sus puertas a mis ojos. Córdoba me enciende sus mezquitas. Palma del Río, Écija con sus mil campanarios. Arqueología y sueños. Dispongo de una bicicleta, un telescopio, una máquina de escribir y un detector de metales. Soy feliz. Me intereso por lo que Swedemborg describirá y yo descubriré después: los mundos habitados, los espíritus -en la casa del Padre hay muchas moradas-. Me gustaría verles si no fuera miedosa. Me persigue, discreto, el mundo de los velos -el que se oculta detrás de geometrías-.
Roma parece ocurrir debajo de Al Andalus. La busco, la persigo. La tierra sigilata es preciosa. Los dibujos, qué bien organizaban sus relieves. Vitae, Necres, los alfareros dejan su cuño en vasijas funerarias. Los sestercios, los denarios de plata, los áureos, bajo imperio, falos de cobre, figuras de gato, La Loma del Chorrillo, Mesas de Asta, Salto al Cielo, Tempul, Monte de la Horca. Se nota que estuvieron, queda un halo de ellos en este enterrramiento, en este silo subterráneo, en esta nevera donde los romanos conservaban las carnes -un hueco enorme excavado en el monte, donde volcaban nieve-, hoy repleto de vegetación-. Valencia y Andalucía, fundidas de nuevo bajo Roma. Roma debajo de ellas, sepulta, pero bramando fuerte. Paso largas horas rastreando su historia, como aficionada.
Estoy enamorada de mi esposo, pero él tiene otras aficiones: no le gusta mucho la poesía. Casi le acorralo en el cuarto de baño para leerle mis escritos. Está orgulloso de mí, pero nunca le encuentro entre sus manos mis poemas. Choco contra algún muro. Participo en revistas y, a veces, casi la escribo yo entera. Mi madre se sorprende de que sea la única mujer que va con todo el grupo. Sólo veo literatura, no observo los sexos. No creo en la diferenciación intelectual. Hago radio pirata. Sigue habiendo un muro. Necesito volar. Entonces busco entre la arqueología del destino. Él también ha buscado.
Comienza a haber un hueco. Yo es múltiple. Viaja en bicicleta hasta caer en brazos de un sueño pasajero. Ama y escribe Un fil d´estendre -poemario, en valenciano, del que forma parte el siguiente poema-:


Cançó del bressol i la pluja.

Avui la pluja cau, i cau, com cau la pluja,
com un immens estel dolent sobre les branques.
La teva mà és brisall dormit de les carícies
i és el teu front bressol ardent on dorm la lluna.
La teva boca callada al so de l’aigua és poesia.
Les teves mans tancades breus són la tardor.
I en el teu pit he bescavat i ixen campanes
que han despertat dintre el meu pit tot el meu jorn.
Avui la nit va relliscant dintre de l’aigua,
avui l’amor va soscavant dintre la pell,
i avui que tinc immersa en mi la teva estima,
avui em senc bressol tot teu,
bressol tot teu em senc avui quan cau la pluja.
Són els teus ulls llampecs dormits quan ve la calma.
La teva cara enrojolada és el matí,
i en els teus llavis he deixat la meva rosa
i les teves mans han cultivat el meu jardí.
Avui la pluja cau i cau com cau la pluja.
Avui l’amor va soscavant dintre la pell.
Avui la nit va relliscant dintre de l’aigua,
i avui sóc jo bressol silent i amor silent.
I amor silent avui sóc jo quan cau la pluja.

Una noche mojada, en Sueca. Octubre. 85




Y también este fragmento de Tu em duus el seu record
.

Se la va endur la vida, com a tants,
fins a eixe lloc d’on la traus tan sovint.
On és la mare?, Potser la mare!/
Abans la mare... (et senc dir).
I la mare és llà, d’una manera freda,
d’una manera absent. com si fóra l´hivern.


Ella se separa. Ama, le hieren. Debe domesticarse. Su yo íntimo: Yo, le recrimina. Va descreyendo en el amor. La pasión poética se da a conocer. Se ha apasionado.
Vuelvo al hogar, porque aún le quiero y mis hijos vuelven conmigo, necesitan al padre y lo intentamos de nuevo. Vivo en Montealegre y tenemos dos cerdas, dos perros propios y una, la lobita, añadida, un conejo, un gato y multitud de gatos adoptados de noche. Antes tuvimos ocas, gallina, perro, gato y (eventualmente) peces en la bañera. También antes viajé varias veces a París y a Alemania. Las cerdas conocen su nombre: Rosario y Rosenda. Yambo es un gran danés que mide un metro a la cruz y llega a pesar cien quilos. Desde mi casa se ve la Cartuja de los monjes. Es posible que nos vayamos a trabajar a Marruecos: un contrato del estado. Los niños quedan en un internado de Tarifa para tenerles cerca. Se pospone el trabajo y dejo que acaben el curso allí, les echo enormemente de menos. Me deprimo. Cuando estoy sola, recito a Neruda y, junto a mis poemas, hago grabaciones con música de fondo.
Pasamos a vivir a la ciudad. Una casa en la calle Porvenir con fachada clásica. Muere Pulga, el perrillo pequeño. Lo atropellan y me espera para regalarme su última mirada y un leve movimiento de cola. María –mi hija mayor- llora porque se le ha salido del collar. Cojo una enorme depresión que ya venía gestándose por el exceso de trabajo -cambio de casa, cinco hijos, una tienda de ropa de diseño, etc-. María, Alicia, Rodrigo, Oliva y Jordán me ayudan en todo. Su padre es comprensivo y colabora a su modo. Aún le amo, pero yo es infeliz. No sé qué busca.
Compramos una casa preciosa con auténticos artesonados mudéjares. Tanto ella como yo nos hemos elegido. Es una casa con presencias que, a veces, se les manifiestan sutilmente a los niños. En nuestras vidas, los muertos dan discretas señales. Amo a los muertos y ellos son mis amigos. Todos, somos los hombres. Gente de paz, parecen. Mientras, los vivos, a veces, semejan dar señales de vanas luchas. Soy enormemente pacifista.
He amado y me han desamado, ahora desamo y me aman. Rompo de nuevo mis esquemas (siempre me arrepentiré de no haberlo sabido hacer mejor). El amor y la gran amistad hacia mis hijos no cambia, no tenemos problemas para disfrutarlos ambos. La casa, con el enorme perro, las cosas que completan las nostalgias de una, quedan ahí -en espera-. Alguien las retomará después. El salón de la casa era una capilla y el comedor la curva sacristía. La casa. Los poetas sabemos ciertas cosas. Después de todo alguien dijo que creamos lo que queremos.
No creo en la diferencia intelectual de los sexos. Me encanta la física en el poema, lo surreal en lo real, el arte en todas partes. Si Dios fuera pequeño lo firmaría Miró, o Dalí, o Estellés le escribiría versos para declamarlos desde el cielo. Amo a Lorca. No soy traumáticamente organizada.


VII

Cantaron veinte hombres
frente a jueces desnudos de justicia.
Devolvieron al tigre que llevaban
adentro, como un ángel devorado.
Encendieron la tablas y mostraron
las fauces criminales de la historia.
No consiguieron nada. La injusticia
sigue creando lobos y la tierra
es un panal de sangre que se agrieta
delante del Palacio de las Cortes.


XXIII

Soy la rueca cansada que no es
sino viento cansado, sino sueño
cansado de ser rueca y de girar
envolviendo la luz como un ovillo.


L

Si me apoyé en Arquímedes
y en los espejos cóncavos acumulé la rabia
hacia esa Siracusa que no sabe
defender a sus sabios, no me culpéis tan sólo:
lanzadme todo el mar de nuestra muerte.
Los soldados romanos ya no pueden
cambiar la directriz de los principios.
El agua me ha empujado hacia la gloria
y mi cuerpo es el peso que se pierde.

He interpuesto estos poemas como una propaganda de la tele. De vez en cuando hay que cantar. Isla Correyero canta, por ejemplo que su coño es azul.
La arquitectura es para mí el resultado de un poema útil. No me avergüenza decir que me encanta publicar, si no me rindo ante nada ni recorto mi idea. Leo muchísima poesía. Elijo, entre otros:
Lorca (Poeta en Nueva York, sobre todo), Alberti Yo era un tonto..., y sus inteligentísimos poemas de muchos otros libros. Hierro (Cuaderno de Nueva York), Estellés (es un enorme poeta que toca bien todos los temas), Cirlot (con su simbolismo), Alejandra Pizarnik, por su valiente escritura. Brines (cuando lee es idéntico a Cernuda). Valente (es el dueño del silencio). Wislawa Szymborska, Ana Ajmàtova, Marina Svetaieva, Luisa Futoransky. Borges, con su maravillosa enciclopedia mental. Todo esto, son datos que construyen la personalidad del poeta. El poeta está hecho de cosas, momentos, gentes, horarios no cumplidos, autobuses que llevan hacia algo, cementerios, guerras, resfriados, hijosqueamarconlocura, animalesdomesticándonos etc.
¿A ustedes nunca les han engañado como a chinos? Me engañaron al comprar la casa de Molino de Viento, la palabra es mucho más dura -dejo constancia-.
Mi abuela Elvira almidonaba cuellos. Me encanta recibir cartas, mantengo correspondencia con Leopoldo de Luis últimamente. Es maravilloso. Imagino que con Pilar y Juan Ramón pasaría algo igual. Cosas así alegran las mañanas de la vida.
Hoy he viajado de nuevo a Cádiz. Al ver el mar, similar al que he amado locamente en las tardes de mi infancia, me he jurado continuar el trabajo de exponer cómo se pasa a transmisor del Aleph. El Aleph nos vigila desde el no sitio e increíblemente nos dicta los orígenes de futuros poemas. Transmite en línea recta, lo vengo comprobando. Existen en mi despacho dos ordenadores alineados y, a veces, en ambas pantallas aparecen textos similares. Dirán que es evidente ante la similitud de los hechos vividos durante el día de dos personas que conviven. Agárrense a la navaja de Ockham. Otras veces, en cambio, dentro de su mental trayectoria, aparece la paradoja: realiza triángulos y uno mismo se ve escribiendo las frases que tiempos después descubrirá, casi idénticas, en versos ajenos. Aleph, él, yo. Pasó el día en que escribí:


Me gustaría asirme por los cuatro costados.
Yo, la misma que algún día paseara con Wagner
o saltara a la comba con Rouault
o entrevistara a Nietzsche, hiciera logaritmos con
Pitágoras,
recitara con Borges y toda esta mentira llevara hasta
sus sueños desasidos.
Yo, la inútil, la imprevista mujer que no sabe adaptar
la vida a su medida.
La que cree en el logos y en el logos resume toda su
anatomía.
Asirme a los costados de la luz, al vértice del cuadro
pintado para todos,
al infinito azul, equidistante siempre entre soberbia
y pánico,
que luego es más pequeño que la risa
y en la risa confluye y se evapora.
Me gustaría asirme por los cuatro extremos ordinales,
los puntos cardinales de mi mente
que ya es sólo la mente.
Dame la cuerda, oh Dios, pequeño ser divino que me
habitas
desde antes de mí, en el misterio.

He conquistado una pequeña cima. Al fin consigo el nombre que daré a mi trabajo. Dirán que yo cantuve. Una obra extensa, preocupada, con más o menos lectores, pero fiel a una misma. Mi vida no se cuenta a rajatabla. Ella escribe mi vida, la del yo. Verbalmente incorrecto este título, pero con coordenadas móviles, inseguras y ciertas, tal la vida. A qué, yo me pregunto, fijar con tanta precisión el verbo. El poema es mental, el universo es mental y no puede fijarse con toda exactitud. Mi escritura actual no es vendible. Extrañamente ilógica en su lógica, o simplemente lógica en la ilógica. Borges me parece grandioso y, ni aún así, consigue pasear, humana y perdurablemente, sus ciegos ojos por Ginebra, en cambio, sus letras sí que pueden. La escritura de Borges es lo grandioso. Yo no existe cuando cantuve. Yo cantuve para detrás de mí.
Trabajo en eslabón. Antes de mí trabajé para mí. Mí trabaja para después de sí. Esta vida es mi biblioteca, después, la biblioteca servirá de soporte a mis libros. Yo espero volar. Creo que el hombre es tan grandioso que no cabe en sí mismo y se esparce en los volúmenes, en las fotografías fijas de sus ojos, en los labios de otros, en el sueño. La muerte es el sueño más largo y en él, al esparcirse el tiempo en el no tiempo, fluimos como luz.

Galileo, girando, me mira desde lejos. Comienzo a trabajar sonetos:


Locura

Viejo, el loco en su jaula ríe solo
como un pájaro ciego ya sin vuelo,
rompe sueños y cantos y en el suelo
llora el loco y se araña el loco solo.

Y se mira, llorando, a un viejo espejo
y en el espejo un loco a él le mira
y el loco le devuelve al loco ira
e ira le devuelve el vidrio al viejo.

Así, frente a su imagen va pasando
el loco su penuria tristemente,
su soledad, su pena, su amargura;

y el cristal sigue, frío, reflejando
ese vacío helado de su mente:
la tragedia del loco: su locura.


Transcurre el año ochenta y cinco, pero antes existen fuertes poemas de amor que no puedo transcribir, porque no los encuentro. Vendrán después muchos más versos. El tema de la existencia y del amor se repite. Se repiten las quejas ante una sociedad cuyos valores estéticos son dispares. Se plasman diferentes motivos: sufrimientos, guerras, niños abandonados en basureros, etc.
Se me duerme la poesía porque nacen mis hijos, duele el amor y el tiempo no me da para más. Aún así, sigue algún poemario escrito ya en Zahara. He cambiado muchas veces de casa y no conservo un orden muy estricto para encontrar los textos fácilmente. Sé que existen, desnudos, todavía. Escribo sobre Jerez. Me acerco a lo que será mi vocación definitiva. Estoy en el noventa y tres y comienzo un armónico trabajo –con los niños ya mayores y la ayuda poética de un amigo-, un orgasmo perpetuo: la poesía.
Y el alma crece. Crece la forma tenue de lo oculto. Lo lo dicho va tomando consistencia. La consciencia de un camino -largo trecho ya hecho- me va quitando ropaje, me crece en necesidad de otra substancia: soy, más que nunca. Ahora yo no va a cantar, sino a convertirse en canción: a ser poema. Yo es otro yo desconocido, es una ausencia más entre esa gente que pugna por ser yo y, anecdóticamente, me dejo conocer, salgo en los papeles públicos, soy un yo que se presta, que cede sus mil seres al entorno, que multiplica su pluma en una extraña cadencia, que procrea y maldice: soy un yo con dos cabos, mucho más equilibrado y seguro y digo, ironizo y profetizo al par -porque la poesía auténtica, no por potente, sino por pura poesía, por amor poesía, por vida poesía, es profecía-:


confesar. llegar a pronunciar que así el sexo lo mismo que una aldaba. lo mismo que una llave. geométrico y exacto cual un compás cerrado. como una chimenea que derrite el poder de la nieve. el frío de la nieve. lo blanco de la nieve se aposenta sobre su piedra firme. lo mismo que ahora el sexo el lápiz de un artista. el pincel con que pinto un paisaje invisible. la cueva donde escondo todas mis inquietudes. el cubo. la cazuela. el armario empotrado. la pila de lavar. lo mismo que ahora el sexo la manzana podrida. la ternera en desuso. la muerte de los pájaros. la sinrazón del verbo en medio de una especie. políglota. dispersa tras los muros. aislada por casas. repartida en ciudades. escondida en disfraces. lo mismo que la gente john stemberg. sin llegar a saber ni el número de comics. si el éxito es debido a que su padre es conde. esconde sus deseos en un diario inútil. para abrir bien los ojos dispone una ventana. detrás del vidrio nadie. nada. dónde. para qué la nostalgia. la risa. la historieta. aquel lugar precioso que se llamó parís. bien valía una misa. una mesa. una masa de lodo. una mesopotamia. caer. caer en el olvido cual si fuera una losa. una alondra en el hielo. el ojo de este niño cegado para siempre. así sea en la faz de lo amarillo inerte.


Y se muere mi padre y el mundo es una lucha que se bifurca en dos: la guerra interna y la guerra de poetas (aparentes malandrines del verso). Y se muere mi ayer como si fuera Wagner. Apoteósica, la muerte se apodera de mi yo anterior, de mi padre y mi infancia, de mi abuela ya muerta que se me deja ver entre los sueños...


Hubiera sido Wagner

Hubiera sido Wagner
cerrara bien los ojos
parecieran las manos
cristal almidonado u oro puro.
Su cuerpo se extendiera desde el marfil al frío
lentamente.
Estallara su boca como una rosa a fuego
lentamente.
Su voz como otra voz en el silencio fúnebre.
Hubiera sido Wagner.
Hubiera sido él
de no ser porque nada llegara a despertarle.
Hubiera sido así
pero asimismo no era sino una ausencia exacta.
Hubiérase parado mirándome y un beso
perfilara en mi sien aún lentamente.
Extendióse una caja
y no logró escapar de aquellos lindes.
Su párpado era voz
el frío de su piel llameaba la vida.
Era su cara un día de otoños imprevistos.
Yo le llamaba aún:
Padre eh padre Juan
invencible despierta.
Me alargaran la mano
detrás de alguna infancia de cristales punzantes.
Recordé viejas horas
calendarios de miedo
anidaban sus ojos tal vez más polvorientos.
Me alargaran la mano y esa ausencia
se aferrara a mi sangre.
Padre eh padre Juan
entrañable despierta.

La caja fríamente le cerrara las puertas.



Canción para Elvira Beltrán

España de tiniebla y de amapola...
Pedro Garfias


En la cocina antigua
-donde abuela colgaba los recuerdos-
el pan horneado a leña que sabía
a madrugada misma
y, luego, esa llovizna pausada de los platos,
el jabón hecho en casa, la porcelana azul...

Había dos capachos repletos de membrillos,
una pintura al óleo,
la boina del abuelo -cuyo perfume arrastro-
un reloj de escayola
que entregaba las horas, lentamente,
como se alarga el juego de los niños,
la risa de los niños que aprenden a soñar
en las charcas prestadas por la lluvia.
Y luego, en el altillo, en la escalera,
escondidos de nuevo, con su perfume a fiesta,
juguetes de aluminio
y ese triciclo viejo colgado en la pared...

Dios nos guarde del mal,
Santa María, el catre en un rincón oscuro,
la cómoda repleta de postales,
el libro prohibido,
la tripa que sobró del embutido último
y una tos enfermiza que inauguraba el patio.
Los platos de membrillo, allá, en el dormitorio
mezclaban su perfume con el del alcanfor.
Dios nos guarde del mal, Santa María, duerme
que mañana hay trabajo y hay que alzarse temprano...

Y atravesar la plaza
con los ojos cargados de emociones,
después la calle larga que conduce
al pecho de la abuela,
a ese desván de cosas escondidas,
al miedo que se oculta debajo de la puerta
-en donde nada vive,
sólo la sinrazón del yeso-
la memoria enfrascada de la tía
con el pincel en ristre.
La cama del respeto en donde yace
la abuela aún dormida,
el armario tallado repleto de vestidos
y un par de golondrinas que alegran el tejado...

El carro del abuelo que regresa,
la música perenne de la radio,
las sillas en la calle, ese olor a buñuelos
y el queso de la guerra junto a la leche en polvo.
La casa, ahora, vacía, ya no pía el corral,
la abuela y la alacena ya no existen,
ya no veo un barreño donde lavar los pies...

Santa María, al viento se le han caído alas.

Cada uno debe de respetar sus propias creencias. El ser humano tiene un pasado, corredor que le lleva hasta el singular presente. Lo corrido puede ser narrado con la exactitud que decida cada cual. El presente es propio y privativo y libre de ser mantenido en secreto o de narrarse en verso y que cada cual lea lo que le plazca. No atravesaré la calle de mi vida ni un día después de la frase que dice: y se murió mi padre.
Yo existe, y la luz es más veloz ahora: cuarenta poemarios en tres o cuatro años. Para daño del mundo, que no quiere la poesía sola. Fluyen premios y comentarios muy positivos de la obra en La estafeta Literaria, Extramuros, Revistatlántica y distintos suplementos culturales y periódicos. Ya no existe el miedo. El temor sustituye al enemigo. Se escribe entonces lo que se quiere y lo que no se quiere, a veces, se exorciza, se lega para luego, se piensa en el después -porque la carne necesita memoria-, se asume esta memoria.
Casi al final de esta exposición, dos poemas que me son muy queridos. Uno de ellos va dedicado a los niños, especialmente a Yerai -pequeño de siete años que falleció de leucemia- al que tuve la dicha de conocer y recitar hace unos años, desgraciadamente ya en su cama de hospital:


O


La A es una tienda donde indios apaches
cabalgan con caballos parcheados con parches.
La B es una vaca con dos tetas enormes.
La C una cacerola que ha perdido las asas.
La D es un arco tonto que no consigue flecha
para que los apaches que tienen los caballos
que cabalgan parcheados en la tienda con parches
persigan a la vaca de las tetas enormes.
La E es un arado que se ha quedado cojo.
La F es un fusil que no quiere matar
a la vaca que sigue al caballo parcheado
que tiene el indio apache que vive en una tienda
donde las cacerolas han perdido las asas.
La G es como un gato que, mirando hacia atrás,
se ha mordido la cola. La I está más sola
que la una del cuento. La J es un paraguas para días sin lluvia.
La K es una cascada que se quedó sin agua
cuando pasaron, tontos, los caballos parcheados
persiguiendo a la vaca cuyas tetas enormes
escondían al gato que, mirando hacia atrás,
se mordía la cola. La L está más triste que las dos de la historia.
La LL es la otra amiga que llora con la L.
La M, una montaña donde hubo una cascada que se quedó sin agua
cuando pasaron, tontos, de nuevo, los caballos
cuyos parches enormes parecían dos tetas
y su cara de vaca.
La N es una cueva tapada con un árbol que se quedó sin hojas
porque el gato que había escondido en las tetas de la vaca
le meó las raíces.
La O es tu boquita, que se muere de sueño,
bostezando tan fuerte que el resto de las letras se fueron a dormir
en la tienda parcheada donde viven los indios con cara de caballo
que se rascan la cola cuando les pican los piojos.



Las cuatro pinceladas de Miró (homenaje al absurdo)


Picasso pronunció paisaje
y tomó los colores de la mar, la sangre
y el no color, lo oscuro.
Todos tragamos sombra.
Yo veo esas mujeres dispersas en la luz.
Veo las cosas rotas.
Quiero que me apacientes las cosas esta tarde.
Pero Picasso aquí no ha pintado mujeres,
no ha tomado las casas ni ha descompuesto nada.
Picasso ha izado el blanco en el color exacto que ya estaba,
ha dibujado en él una recta torcida
y ha dicho: esto es un mar,
esto es, levemente, la linea divisoria,
esto es geometría volcada en geometría,
esto es causalidad. La sombra la ha dibujado arriba,
o -no recuerdo- abajo. Y este olvido mío
es la causalidad. Todo es causa y color,
pero, repito, tragamos muchas veces la ausencia de color,
tragamos la penuria del dolor de tu mano,
tragamos, Ángel mío, la perfección de ti.
Luego, Picasso, ebrio del color de la nada
ha revuelto el pincel en la paleta
y ha tomado el azul. El azul es un buque de amarillos
de girasol y tarde. El azul no existía antes de ser pintado.
El azul, el que llamamos exactamente cielo, es un vacío.
El mar nunca es azul. Tu mano, Ángel azul, es del color de un príncipe.
Picasso ha detenido, ágil, esta tarde.
Me he sentado contigo, en tu invisible forma,
delante del paisaje. Nunca fuiste invisible, ni aún invidente fuiste
-me consta que esto es cierto-.
He mirado el azul que aún no existe
y he dicho: éste es el cielo
y un rojo amanecido me ha parecido sangre
y el rojo, oscuridad, oscuridad pequeña y existente.
En un paisaje simple cabe filosofía y sueño y verdad
y mentira revuelta en la verdad y cabe, amplia,
tu ala que es tu mano. Esto es causalidad,
paisaje o anarquía o llamarse Picasso
con el Pablo delante o el juego de esos nombres
que propusiera Alberti.
Si ahora yo dijera: te amo a ciencia cierta,
Picasso pintaría otro reflejo del Guernica.
Todos estamos rotos, de amor estamos rotos,
troceados, grisáceos, amarillentos, pardos
en la causalidad de un todo que aún no existe
y tantas otras cosas que diría aquí,
pero me callo y miro, nuevamente, ese blanco
en el que pinta algo Diego José Francisco
o Juan Nepomuceno
María de los Remedios Crispín o Crispiniano
y no me ocurre nada. La sombra es esta nada que me ocurre.
Tampoco -y esto es cierto- el cuadro
en el que pienso es un Pablo Ruiz.
Es un Miró, y miro.


No interesa qué se hace cada día, sino aquello que fue necesario hasta cumplir la sentencia siguiente:
El poeta no existe. La fracción ya es tan sólo poema. Un verso enamorado. Un Quijote que cierra la visión ordinaria de la vida para empezar su creación y compartir su luz con Dulcinea. Todo lo hasta aquí escrito son apenas cimientos, todo lo hasta aquí amado me dará nueva voz para aprender a amar definitivamente: la regla y el compás adornen mis trabajos:



Apocalipsis


Llovía. Cada noche llovía en el amor
y cada día, nuevo, una paloma
se posaba, mojada, en la ventana.
Los coches, cada día, iban tomando, fuera,
velocidad y pánico
y la terrible fábrica exhalaba
sus humos. Cada día, la gente iba extendiéndose
de un continente a otro y los niños morían
con sus manos resecas,
deshidratados, víctimas de su dolor constante.

Cada día el amor se hacía más intenso,
delirante quizás. Era como una daga
tenerte en el costado, derramándote
igual que una gaviota, humedecida y negra,
por tantas malas lenguas -de fuego-. Me querías.
Nuestro lecho giraba,
en tornasol de aguas y palabras.
Llovía,
toda una lluvia fina
de irisados carmines y de rosas.

Pero los coches iban, cruzando roncas calles,
cada vez más deprisa
y Argentina lloraba.

No llores más por mí.

-Gritabas en correos que eran sólo de luz-.
Llovía en la mañana y, sin paraguas,
debías regresar hasta el trabajo.
Cruzaban tras de ti las ambulancias.
Aullaban los pájaros. Cendales
de duda te inundaban al pensar en tus cosas.

Mis hijos aún crecían,
solitarios y lejos. La ciudad
se inundaba de luces y sus faros
iban a dar al mar
donde lentas pateras eran crónicas
de muertes hechas vidrio, cubriendo el vasto estrecho.
Un cielo atempestado
se disponía, lento, a devorarnos.
Pero tú me querías.
Izabas tus dos velas en mis pechos
y devorabas todo
-el tálamo girando enloquecido-.

(Una mujer tendiendo,
agriamente, la ropa y se mojaba
esa turbia esperanza de cubrirse.)

En el azul del mar
se habitaba una lámina de aceites.
Los muchachos gritaban en orgías
nocturnas por las calles y New York
recitaba un poema, carmín, a Federico.
Aviones de fuego se instalaban
en pupilas pequeñas y hasta el dios
de la moneda, ebrio, caía contra el mundo.

Todo estaba dispuesto. Y me querías.
La tierra se agrietaba. Y me querías.
El sol rugía manchas. Me querías,
y un pueblo de miseria -me querías-
intentando sajar. Sí, me querías.
Hubiera dado yo
mis ojos capitales por silencio
cuando la playa entera
arrojaba sus lavas infernales.

Me querías
y yo te amaba a ti, desenfrenando
y cosiendo tus llagas. Me querías
y tu sexo, en el mío, era ya un cataclismo
-me querías-.

Poseer aún tu risa, un imposible.
Te quería rehacer,
tronar en mí tus labios radicales y ansiosos,
llevarte a sonreír, y no era dado
ese milagro aún entre la herrumbre.

Me querías,
mientras del firmamento, en luz,
se escuchaban trompetas. Cada noche
llovía en nuestro lecho. Me querías.

Frente a la hiel extraña de los otros,
un amor hecho cruz y sangre y rabia. Y vida.


Veo muchos gigantes. Están sobre la luz. Sobre la alba presencia de la luz, sobre su alta planicie y giran como locos sus dos brazos, de modo que semblaran dos pares y no uno. Los vientos llevan verbos y el azafrán despunta y sus mil hebras arrancan amarillos a la tarde. Yo, el hidalgo Quijano, os narraré una historia que acaeció en La Mancha:

“Ya decaía el sol sobre las casas cuando vino con ella. La fuente aún bullía y las calles subían como lagartos tórridos reptando hasta rozar la cumbre de los llanos. Se habían hospedado en la llamada “Casa de los Tres Cielos”. Buena posada, a fe mía. El blanco casi añil de las fachadas se oscureció y la noche dio pauta a que surgiera la dentellada aguda de la luna. Entonces, justo entonces, el deseo fue arma, el Caballero, asió con sus dos manos a la bella y le donó la voz, el canto. Desde entonces se escucha un gemido de amor que inunda de molinos la planicie. Creo bien recordar el nombre del hidalgo que besara a la dama...”

Isabel Reyes
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Mensajepor Isabel Reyes » 18 Oct 2009 12:13

Precioso Dolors, un placer de lectura son estas memorias de tu toma de contacto con la palabra a lo largo de tu trayectoria vital, no exenta de alegría y dolor.

Ya desde la originalidad el título y recorrido de la poeta desde su infancia y madurez, producen un enganche total.

Un favorcillo te pido. Tradúcenos en un posteo aparte los poemas en valenciano, porfi, que los comprendo solo a medias.

Un abrazo.

Dolors Alberola
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Mensajepor Dolors Alberola » 18 Oct 2009 17:30

Gracias, Aisa, el segundo poema es más hermoso, pero no sé dónde guardo el borrador de esos libros que escribí en valenciano. Te traduzco lo que puse aquí:

Canción de cuna y lluvia

Hoy la lluvia cae y cae como cae la lluvia,
como un inmenso astro doliente sobre las ramas.
Tu mano es resquicio dormido de caricias
y es tu frente cuna ardiente donde duerme la luna.
Tu boca, callada al sonido del agua es poesía.
Tus manos cerradas, breves, son el otoño.
y en tu pecho he reexcavado y brotan campanas
que han despertado dentro de mi pecho todo mi día.
Hoy la noche se va deslizando dentro del agua,
hoy el amor va socavando dentro de la piel
y hoy, que tengo inmersa en mí tu estima,
hoy me siento cuna totalmente tuya,
cuna totalmente tuya me siento hoy cuando cae la luna.
Tus ojos son relámpagos dormidos cuando llega la calma,
tu cara enrojecida es la mañana
y en tus labios he dejado mi rosa
y tus manos han cultivado mi jardín.
Hoy la lluvia cae y cae como cae la lluvia.
HOy el amor va socavando dentro de la piel.
Hoy la noche se va deslizando dentro del agua
y hoy soy yo cuna silente y amor silente
y amor silente hoy soy yo cuando cae la lluvia.

Una noche mojada, en Sueca. Octubre. 85


(No te lo he adaptado, he traducido con prisa. Más tarde, cuando acabe una cosa urgente, te traduzco el resto). Besitos






Y también este fragmento de Tú me traes su recuerdo.

Se la llevó la vida, como a tantos,
hasta ese lugar de donde la sacas tan a menudo.
Dónde está la madre. Es posible que la madre...
Antes, la madre.... (te escucho decir).
Y la madre está allá, de un modo frío,
de un modo ausente, cual si fuera el invierno.

(sigue, pero no lo tengo).


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