Mentiras

Poesía de autor para el recuerdo.
Manu Benetti
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Mentiras

Mensajepor Manu Benetti » 08 Ene 2010 17:55

Dicen que los escritores somos unos mentirosos que ensayan una y otra vez, sobre el papel o en la soledad de nuestros pensamientos, depende de la fase de ebullición o del descaro que cada uno esté dispuesto a mostrar. Es posible. También seríamos tramoyistas o actores de medio pelo, según el caso, y podríamos llegar a ser titiriteros, cantantes populares o compositores de fuste: al gusto. Imagino que estas esquizofrenias son factibles y que cada uno, en su medida, las va alternando como los dioses le van dando a entender. Así nos va. Yo me quedo con lo de las mentiras, que es una faceta que da mucho juego y que me parece muy catártica. Quizás se pierda honestidad, qué duda cabe, pero estoy convencido de que, cuando un tipo honesto se pone a contar mentiras, lo que garabatea en realidad son todas aquellas verdades que no se atreve a confesarse ni en la intimidad. Eso me digo. No es que vaya a ordenarme demasiado, creo que este espacio merece la improvisación, el vómito inane, la mentira piadosa o inmisericorde, pero falsa como una moneda de plástico duro. La cuestión es que, ahora que andamos tranquilos, tralará, por estas memorias personales, tralará, vamos a contar mentiras, tralará.


Escribo versos, por no llorar. Esa es la verdad –o la mentira, claro-. No le encuentro otra lógica al asunto, porque, como le he leído por ahí al amigo Silvio, yo soy un tipo de historias y, por lo tanto, de novelas, cuentos o películas, hasta si me apuras de músicas y otros milagros, pero no de versos. Sin embargo, no paro de escribir poemas. Es curioso. Y digo yo que escribo versos, por no llorar. Vamos a ver, por ejemplo:


Mañana tengo cita con el destino
y no he preparado mi carta de dimisión,
no he robado dos letras de agonía
a los ayeres que me sangran
por las rendijas de las nostalgias,
ni he malogrado tres o cuatro versos
para encender las medias verdades
que tanto gritan los profetas.

Mañana tengo cita con el destino
y ya desde hoy
pergeño diez mentiras para excusarme.



Lo que yo digo: por no llorar. También hay veces en que los versos me esconden, o me sirven para maldecir todo aquello que me toca el mismo escroto, y así me evado de mi personalidad mediada y sensata, algo timorata quizás, y me lanzo al vituperio o la exclamación. Sigamos mintiendo:

No creo en los dioses que me siguen
ni en las certezas que llenan sus bocas,
no creo y pienso que jamás creeré
en sus blasfemias y sus estandartes
de viejos paganos arrepentidos, no creo
en sus pasaportes ni salvaconductos,
en sus sortilegios ni en sus profecías,
no creo por no creer
ni en su mera existencia de fantasmas
helándose sobre mis sueños cenicientos.


Otra veces, más que por no llorar, utilizo los versos y sus mentiras ensayadas, para todo lo contrario: para inventarme llantos que no son. ¿Raro? Evidentemente. Nadie está defendiendo que el autor de estas memorias sea un tipo normal ni en plenitud de sus facultades mentales. Si así fuera, apagamos y nos vamos. Así que seguimos mintiendo:


Ayer nos fuimos y no dije adiós,
no me despedí ni te despediste,
nos cruzamos en la puerta
sin miradas que rompernos,
y sólo te escupí un silencio
como tú me lanzaste el esputo
de las palabras nonatas.

Ayer nos fuimos sin adioses
ni mentirosos abrazos sinceros,
nos fuimos y nos fuimos
para nunca jamás volver.



O me invento unos desamparos que no son, unos desengaños que, supuestamente, se han convertido en profundas y afiladas aversiones, y me recreo en esas falacias tan ricas y fértiles para un poeta como yo: exhausto de vivir y morir todos los días. Otra trola con forma de versos bicéfalos:

No te quiero cerca mía,
ni siquiera
en los suburbios de mi pecho
en la periferia de mi corazón,
no te quiero ni te aguanto
sino como recuerdo o sombra,
no puedo soportarte
más que como memoria engañosa
como sierpe sinuosa
que se desprende y repta
por los piélagos de mis brazos desnudos



Luego hay ocasiones en que conviene ponerse nostálgico, o permitir que una melancolía sinuosa nos enrede y nos deje huecos por dentro. Son las cosas de las personas humanas, que de vez en cuando, nos ponemos muy raritas y nos apetece más el dolor que la alegría, más el amargor que la dulzura: unos bichos para echarnos a comer aparte las personas humanas. En esta línea, les puedo endosar este rollo de tomo y lomo:

Hay tanto gris en los cielos
que se diría que el paraíso
es Londres con maleza y otros verdes,
que San Pedro tiene plomo
en el paladar
a cada recibimiento que se otorga,
y que los santos y sus historias
no son más que un bunker de mentiras
en medio de una tormenta ociosa.



Para ir animando el tema nos queda el asunto de hacernos los crípticos, los interesantes, que hay que joderse. ¿Puede haber algo más aberrante que un poeta haciéndose el poeta, que un vate ejerciendo de druida de las palabras? Para este fin, lo mejor es la falsedad del extravío intelectual, la impostura de las palabras como un laberinto con minotauro dentro: la trampa perfecta para un intelectual de cartón piedra, como yo, para un tipo sensible del carajo y listo como un mandril practicando el onanismo. Al caso, una mentira más:

La turbulencia de mis palabras
se enreda con algas, musgos y otras sombras
en el fondo de esta mar espumosa y febril
que se desata y nos desata
por los confines de una tormenta
bravía y enigmática.



Y ya como remate, estaría esa apelación a la esperanza tan neoliberal y asequible para los espíritus más modernos y adheridos a las películas americanas del happy ending y toda esa leche. La mentira suprema del conocimiento supremo. Sé cuál es el nombre de las cosas, dice el mentiroso, y esa sabiduría no es materia baladí, ni mucho menos. Por el momento, con esta trola los voy dejando, a solas, con mis memorias personales, con este hatajo de mentiras con las que me he sincerado como quien vomita una verdad gigantesca:

Conocer la exacta nomenclatura
de los naufragios que nos disuelven,
y saborearla en la lengua,
por la boca,
sin que moleste o se encalle
por los arrabales del corazón,
saborearla, amarla,
como quien se adhiere
a una certeza,
a una verdad abstrusa
sin más prueba que el instinto,
que el olfato de predador insaciable,
y dejar que sus letras precisas
se demoren en los versos,
en las palabras,
en los suspiros de una soledad
de isla desierta en el océano.



HASTA MÁS VER

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