Memorias de un verano

Poesía de autor para el recuerdo.
Isabel Reyes
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Memorias de un verano

Mensajepor Isabel Reyes » 28 Oct 2010 19:31

Nosotros vivimos en Gijón y nuestros primos en Madrid. A primeros de julio llegan de veraneo y vamos a recogerles a la estación.

Los mayores van en el coche.
Nosotros, preferimos ir en el carro de Manuel, el jardinero.

El carro huele a hierba seca y manzanas, y Manuel a vino. Arrea a Manolina –la burra- con una vara muy brillante de avellano y va sin afeitar.

Hace muy buena mañana.

Pasa un señor en bibicleta, se llama Robustiano, es espiritista y no está casado por la iglesia, no se peina nunca y tiene una mirada de faquir que adivina el pensamiento.
Nos da miedo.

Cuando nos adelanta le gritamos: “Robustiano, marrano, tienes la cara de ano”. Sabemos de sobra lo que es ano. En casa nos dejan –cosa rara- que le chillemos, pero dicen que mejor digamos: “Tienes la cara de enano”.
En casa son imbéciles.


Cuando llegamos a la estación ya han llegado.
Los mayores hablan todos a la vez y nos besan.
Un empleado de la estación muy gordo dice “Los rapacinos hay que dejarlos criarse como a las cabras”.
Tía Honorina y mamá le miran furiosas.
Nos peleamos porque todos queremos ir en el “Willys” que corre más que el “fotingo” del tío Arturo.


Un señor que no conozco, pero que ya ha llegado con los primos de Madrid, dice que dejar en libertad a los niños es la última moda en Alemania y Estados Unidos.
“Aquí no queremos esos modernismos” dicen las señoras mayores.
“Pues bien que se han cortado ustedes el pelo” contraataca el pobre acosado.



Cortarse el pelo a lo garçon era la única transigencia que tía Honorina había tenido con el modernismo. Estaba ya arrepentida. Tenía la nuca muy fea y una amiga le había dicho que el Papa había excomulgado el modernismo.
Los niños que son unos tontos, empiezan a reírse armando un escándalo.

“Que haiga buena temporada estival” dice el empleado de la estación.
Se arma la gran juerga y él nos mira con ojos muy raros.


Tío Arturo se le acerca y le pide que dé a la manivela del arranque del “fotingo” mientras él se mete dentro a enredar por el acelerador.
El arranque del coche ha dejado la escena sumergida en una niebla azulada. Paco, Marisa y yo tenemos que meternos en el “fotingo”.
Los que han llegado de Madrid están pálidos y son muy cursis y a cada paso dicen “te he dicho” en vez de “te dije” y hablan entre ellos de tranvías. “Se puede tomar un 45 o un 8, pero ese te deja un poco lejos”.

Son idiotas, sobre todo la primera semana. Hablan de películas, porque saben que nosotros no vamos al cine en invierno. No me puedo contener más y le meto un escupitajo a Paco. “Más cuidao” me dice el idiota. Me río en sus barbas.


En vez de ir a casa nos paramos en un chigre. Tío Arturo pide sidra para él y los chicos. A nosotras nos traen gaseosa. Dice Paco que la sidra pica pero que sabe bien. En la mesa de al lado hay unos cuantos hombres tomando centollos ¿Fíos ya?, le preguntan. “No, sobrinos”•. Se ríen y empiezan a decirme que estoy muy guapa. Nos ofrecen centollo con manos sucias y pringosas.

Cantan una canción todos a la vez, a varias voces. Una cosa muy bonita:

Si quieres que te cortexe
molinera de Santianes…


Todos escuchamos muy atentos. Los cantores abren la boca y se hinchan y deshinchan muy serios, como si estuvieran rezando. Tienen los ojos perdidos como si se miraran por dentro. A uno de ellos le tiembla la mano en la que tiene la botella de sidra.

Levantan la voz de repente

molinera de Santianes…



Y vuelven a bajar la voz poco a poco, muy tristes.



Empieza a hacer calor y pasan zumbando las avispas.
Al fondo el paisaje es muy verde con árboles llenos de piedras preciosas y un trozo de mar azul claro.
Viene un olor a hierba caliente y yo cierro los ojos para que el paisaje me tiemble entre las pestañas.

*


Rapacinos : niños pequeños.

fotingo : castellanización de la expresión foot it and go, En Asturias deriva de Cuba que habitualmente llamaba así a los automóviles. En Asturias, todavía coloquialmente, se denomina a los coches ya viejos.

Fíos hijos

Chigre palabra asturiana empleada popularmente para indicar una taberna o sidrería en la que se sirve sidra asturiana, además de otras bebidas y comidas

"Te dije" es la forma habitual del habla asturiana que utiliza normalmente el pretérito perfecto simple en contraposición
con el habla de Madrid que utiliza el compuesto.

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Re: Memorias de un verano

Mensajepor Isabel Reyes » 28 Oct 2010 19:33

II

El abuelo de Paco es un hombre solvente.

Hay tres clases de hombres solventes: los que llevan pluma y reloj de oro; los que hablan despacio y sin mover la cabeza, y los accionistas de la Caja de ahorros.

El abuelo de Paco tiene las tres cosas, es decir, es un hombre solventísimo.

Viene al atardecer, muy solitario, siempre presupuestándolo todo, advirtiendo antes de ir de excursión a una playa: “Hay que calcular el presupuesto”. Le habíamos puesto de mote Don Presupuesto.

Una tarde de julio, apareció con un paquete de huchas. Eran de metal muy resistente (un camión pasaba por encima de ellas sin romperlas, según pudimos comprobar luego), que la Caja de ahorros –muy previsora- repartía entre los niños para fomentar el ahorro infantil.

Nosotros estábamos jugando a policías y ladrones, pero demasiado cerca de las personas mayores. Nos pescaron y tuvimos que presentarnos en la terraza a recoger las huchas aquéllas.

Todo el dinero que nos diesen para caramelos o para el cine, debíamos meterlo en aquella ranura y esperar con paciencia a que llegaran la vejez y los achaques. Entonces bendeciríamos la hora en que se nos ocurrió ahorrar.

Tío Arturo llegó en pleno discurso. Nos había prometido una cámara vieja para cortar tiragomas, y estábamos muy nerviosos oyendo la perorata del ahorro.

Entró con mucho cuidado de que el abuelo de Paco no se diera cuenta y las señoras se sonrieron. Se puso detrás de él y estuvo escuchando muy serio hasta el final del discurso.
No os sonriáis -decía Don presupuesto- . Hay pocas cosas de las que podéis estar seguros, y una de ellas es que la vejez y los achaques llegarán.
Con mala idea, muy de viejo, miró a las señoras, que le rehuyeron los ojos furiosas. Las sonrisitas estaban vengadas.

Al final del acto nos repartieron las huchas y Don Presupuesto metió en cada una de ellas una moneda de cincuenta céntimos para hacer boca.

Los días siguientes fueron una competición enconadísima por ser los primeros en llenarlas. Padres y tíos nos daban pesetas como agua para engrosar nuestro caudal. Teníamos más dinero que nunca.
Lo de la hucha era mejor de lo que parecía.

Los mayores moralizaban derrochando dinero.
Por ir a misa temprano un día entre semana, nos daban tres pesetas; por ir a buscar el pan en bici, una peseta (la bici hacía bajar el precio); por quedarnos una tarde sin ir a la playa yendo con ellos a la iglesia, cinco pesetas.


Un día a mí - que era muy repipi- se me ocurrió decir que había dado una peseta a un niño pobre. Tía Honorina me besó emocionada y me dio una moneda de duro.
Al día siguiente apareció un señor alemán que venía a hablar con tío Arturo de negocios y le pedimos dinero para las huchas. Se lo pedí yo en un francés espantoso.
Las señoras se morían de vergüenza, y el alemán – que era medio tonto- se reía y no sabía qué hacer. Al fin, nos repartió unas cuantas pesetas, el muy “agarrao”.

Cogimos las bicis y nos fuimos al cine a ver “Un yanqui en la corte del rey Arturo”. Nos tronchamos. A la vuelta dijimos que habíamos dado las pesetas a los niños pobres.
No nos quisieron creer y, como era mentira, no insistimos.

En cambio, tío Arturo daba dinero a los que corrieran más o a los que tiraran más lejos con tiragomas. No valía romper farolas, porque era una salvajada y podíamos tener un problema con el ayuntamiento. Pero un día mi primo Falo rompió una desde lo menos cincuenta metros. Las chicas, que no podemos callarnos nada, nos lo chivamos a tío Arturo.

Al principio se enfadó y dijo que se habían terminado los premios. Pero después nos llamó aparte y nos preguntó si era verdad que tirábamos desde cincuenta metros. Le dijimos que sí, y le dio a Falo una peseta, recomendándonos, bajo severas penas, que no se lo dijéramos a nadie. Además Falo no necesitaba meter la peseta en la hucha.

Un día Paco se presentó a su abuelo y le dijo que tenía su hucha llena. Don Presupuesto creyó que se moría de entusiasmo. Le dio un durazo y anunció que el momento de abrir la hucha en la Caja de Ahorros, que era donde estaba la llave, sería una ceremonia familiar.
Se celebraba la gloria de un niño (niño de cuerpo, pero grande en inteligencia y previsión) que había entrado con paso firme en el camino de la honestidad y el porvenir asegurado. Si la mitad de los españoles fueran como su nieto, España estaba salvada.

Llegamos a la Caja como en procesión. La madre de Paco estaba emocionadísima y se dejaba felicitar muy seria, como si su hijo acabara de salvar la vida a alguien.
Iba muy peripuesta, con un sombrero de ala ancha y un racimo de cerezas de imitación encima.
Tío Arturo no pudo venir, porque tenía que hacer no sé qué cosas.

El cajero era un hombre canoso, con cara de vinagre, que miraba todo aquello con desprecio.
El abuelo de Paco pidió la llave. Tardaron bastante en traerla.
Había en la Caja un silencio como de Iglesia. Sólo se oía el cloquear ahogado de un pollo de una aldeana que estaba metiendo dinero (la aldeana, no el pollo).
Por fin, el cara de vinagre volvió con la llave. El abuelo de Paco no quiso ceder a nadie el placer de abrir la hucha de su nieto.
Una lluvia de botones, palos, clavos y piedras menudas se desparramó por el mostrador, rebotaron y algunas rodaron por el suelo.
El abuelo de Paco, con la hucha todavía en la mano izquierda se volvió hacia su nieto y la emprendió a ñalgadas con él.
Paco se refugió en su madre, y aun allí le alcanzaron más ñalgadas.

Nosotros muertos de risa, desde donde estábamos, veíamos la cara del cajero más avinagrada que nunca, la mano de Don Presupuesto tremolando la hucha y las cerezas del sombrero de la madre de Paco subir y bajar como si estuviesen vareando el árbol.

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Re: Memorias de un verano

Mensajepor Isabel Reyes » 28 Oct 2010 19:34

Tío Arturo no es una persona mayor. Es una cosa especial.
Duerme solo en una habitación del último piso –donde está el desván- y hace versos.

Un día me mandó que le llevase la chaqueta, y yo, siempre registro los bolsillos, y si hay pesetas, después de avisar al dueño, me las quedo.

Aquel día en vez de pesetas, había un papel doblado. Eran versos. Se lo enseñé a tío Arturo que se puso muy colorado. Echó a correr detrás de mí pomarada abajo para quitármelo. Pero yo lo escondí en un tronco podrido y, cuando me alcanzó, le dije que había roto el papel y lo había tirado.

Después lo leímos. La letra se entendía muy mal:

¿Y ahora cuando brille
tan pura la mañana
quién me dirá: ven
vayamos a la playa?

¿Y ahora cuando suene
la calma de la tarde
quién me dirá: ven
vamos a los maizales?


Aunque yo lo recitaba muy bien, nos moríamos de risa. Estábamos sentados al fondo de la cochera. Olía a humedad, a barniz seco y al cuero de los asientos del viejo fotingo que estaba siempre allí, estropeado.

De pronto apareció misteriosísimo tío Arturo. Se me acercó y me quitó el papel de las manos y lo rompió. Me besó en el pelo y se fue.

No sé por qué sentíamos como algo mágico aquella tarde. Sin hablar nada bajamos a la pomarada y nos tumbamos sobre la yerba a la sombra de los manzanos. Entre las ramas se veía un cielo hondísimo y verde. Parecía el cielo de otro país lejano donde nunca, nunca jamás estaríamos. Casi daba miedo.

Cruzaban volando muy despacio dos cuervos y se oía cantar a un hombre que bajaba por la carretera.
Como era verano había un perfume de tarde dulce y anaranjado como un trozo de música oído hace tiempo.

Los cuervos pasaban de nuevo graznando.
Arriba, en la terraza, las personas mayores hablaban en voz extrañamente baja.

Entonces se oyó cantar al Pájaro de Cristal. En realidad, no se oyó. Solo Paco y yo lo oímos. Nos miramos y Paco se llevó el dedo a los labios imponiendo silencio.

Fue una equivocación, porque los demás estaban muy callados y sólo consiguió que alguien preguntara ¿qué pasa? Y el Pájaro de Cristal cesó de cantar.

Luego, enterado todo el mundo de lo que se trataba, volvimos a quedar todos en silencio, esperando oír de nuevo al pájaro. Pero no cantó.

Ya nadie volvería a oírlo más. Todas estas cosas misteriosas son así: nadie sabe por qué pasan ni por qué dejan de pasar. Pero cuando, sin anunciarse llegan, hay que suspender la respiración y quedarse quietos, muy quietos, como muertos. Las cosas misteriosas creerán entonces que el mundo se ha parado y que pueden volver a bajar otra vez.

Todo esto me balbucía en el alma, y no sabía, ni sé, cómo puede explicarse de una manera clara.

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Mensajepor Isabel Reyes » 28 Oct 2010 19:34


Después de merendar muy silenciosos (tanto y tan formales que tía Honorina nos ponía la mano en la frente asegurando que teníamos fiebre), nos fuimos a casa de Fina.

Fina era una chica para ir a ver un día como aquél.

Es muy blanca, pecosa y canta muy bien. Vive con su madre, en una casa con jardín muy sombrío, con los caminos llenos de musgo. Una casa sin perro, con una criada siempre barriendo las losas de la entrada y una campanilla que suena muy adentro y suave. Una cosa rara, como si se estuviera muriendo alguien allí y todos tuvieran que disimular la pena y decir a las visitas que el enfermo sigue bien.

Llegamos a casa de Fina cuando anochecía. Dejamos las bicis arrimadas a la casa (allí nunca nos atrevíamos a dejarlas tiradas en el césped) y pasamos a la sala por un pasillo penumbroso con olor a naftalina, siempre con miedo a equivocarnos de puerta y encontrar un muerto echado en una cama con cuatro velas alrededor.

Fina no se siente bien y está sentada en una mecedora con las piernas envueltas en una manta. Pero se empeña en cantar y que Paco toque el violín

Yo creo que está enamorada de Paco. Estoy convencida de que él no la quiere. Siente pena, le gusta tocar el violín cuando Fina le acompaña, pero cuando toca me mira a mí y un día me dijo que Fina estaba tísica y que no viviría mucho tiempo. No sé dónde lo oyó.

Un día se lo pregunté a tío Arturo y me contestó que sí, que era verdad. Me miraba a los ojos muy fijamente y creo que se daba cuenta de lo que yo sentía; que no me importaba que Fina muriera pronto, que casi me alegraba.

Este anochecer Paco toca el violín mientras Fina canta. Yo estoy sentada en una butaca llena de remordimiento y de miedo. Miedo de algo que no sé lo que es. Algo así como partir a un viaje del que no he de volver.

Sale una enorme luna amarilla y entra una brisa caliente y salada que viene del mar.

Paco toca una de las cosas que yo adoro –la “Canción de Solveig”- y me mira. Pero yo me fijo en Fina que está mirando a Paco con tristeza y pasión, que sólo a medias adivino.

Encienden la luz y el péndulo que está al fondo del vestíbulo brilla cada segundo.
Alrededor de la bombilla revolotea un enjambre de mariposas .
Entre la glicina que bordea el marco de la ventana hay una luciérnaga verde.

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Re: Memorias de un verano

Mensajepor Isabel Reyes » 28 Oct 2010 19:35

El dulce de fresa brillaba entre las avispas amarillas mientras el viento removía las ramas de los robles.
Las manchas del sol andaban sobre el césped; lunares de luz –los grandes persiguiendo a los pequeños- corrían sobre el mantel, lleno de moradas manchas de vino. También brillaban las copas azules del Marie Brizard.


Por la tarde había toros y los hombres tenían la nariz roja y brillante. Se reían de medio lado porque sostenían un puro en la boca y hablaban como los viejos sin dientes, sacando la punta de la lengua llena de saliva. Nos daba mucho asco, aunque nos gustaba ver cómo el color del humo iba cambiando según le diera el sol.


Era el día de la Asunción y los niños habíamos ido a arrojar pétalos de rosas a la Virgen, a la iglesia de Deva. Había gaiteros y voladores. Todo olía a incienso, a churros y a la sidra que estaban tirando los hombres en el prado.

Al terminar nos subimos en los coches. Todo empezó a oler a gasolina.

Vino con nosotros Don José, el cura (que no se dice cura, se dice “señor sacerdote”). Nos preguntaba cómo nos llamábamos y si sabíamos qué día era nuestro santo y si era Santa Virgen o Santo Eremita (¿qué es un eremita?)

El sacerdote olía muy raro, diferente a las demás personas. Discutían porque le querían hacer servirse el primero: “no faltaba más”, y tío Arturo decía, “ande, ande, sírvase usted, que sabemos todos que tenemos a la mitra en casa). (¿Qué es la mitra?. “Los niños, a callarse.”)
Don José decía tartamudeando: “Home, por Dios, home, por Dios…”, pero todos se reían y nosotros nos descacharrábamos de risa, pero con la cara tapada por las servilletas.

Después don José se levantaba a dar las gracias y todos rezábamos:

Jesucristo Rey de Vida
aquel que nació en Belén
bendíganos esta comida
por toda tu gracia. Amén .



Cuando íbamos por Belén, a la abuela de Paco le saltó la dentadura y cayó en el lavafrutas y chiscó toda la mesa de agua. Nosotros es que nos moríamos de risa. Y había que empezar otra vez…

Tío Arturo decía siempre “¿Hay otro Jesucristo que no haya nacido en Belén?", y tía Honorina decía “Ya salió el volterianote”, y el sacerdote se reía y todos nos desperdigábamos. Las mujeres a arreglarse para los toros, los niños al estanque a seguir la batalla naval y los hombres a sentarse bajo los robles.

De repente todos se arremolinaron porque la butaca de don José se rompió, Se cayó hacia atrás clavándose un clavo que los niños habíamos pinchado en el tronco de un roble lleno de hiedra.

Era una cosa rara, una cosa horrible que no se podía pensar: ver a un sacerdote todo sangrando, con todo el pescuezo lleno de sangre que caía por la espalda sobre la sotana negra.

Era tan horroroso y tan pecado que teníamos miedo de verlo, porque los sacerdotes no tenían sangre, sólo alma y huesos.

Mientras todos los mayores corrían llevando jarras de agua, medicinas y vendas, los niños nos fuimos al fondo de la cochera y nos escondimos en una tartana viejísima que olía muy bien, como a cosas antiguas, y que estaba allí, en lo oscuro, porque hacía muchísimo tiempo que no se usaba y a la que no nos dejaban subir porque el último caballo que le engancharon había muerto de tétanos.

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Re: Memorias de un verano

Mensajepor Isabel Reyes » 28 Oct 2010 19:35

Por la tarde la playa de la Ñora se llenaba de gente y olía a tortilla de patatas.

Los cangrejos se escondían entre las peñas y los niños éramos los encargados de enterrar a las botellas de sidra en la arena húmeda para que no se calentasen.

Todos decían: “Qué tarde más preciosa “ y los novios, cuando empezaba a oscurecer y todo se volvía lila, estaban con las caras muy juntas, como si se confesasen.

Lo mejor de todo era el baño, cuando el sol bajaba y el mar cambiaba de color. Primero verde y luego azul, añil y después casi negro. El agua estaba caliente, muy caliente, y se veían bandadas de peces nadando entre las algas.

Daba gusto bucear y pellizcar a las mujeres en las piernas para que gritasen. Y que tío Arturo nos subiese sobre los hombros y nos dejara tirarnos desde allí. Cuando caíamos al agua decía “Cae al agua como un gato”. “No hagas burradas con los niños”, le decían las señoras.

A nosotros nos gustaba darles sustos, y corríamos detrás de las tías y ellas salían gritando del agua y escapaban hasta la orilla hasta que las hacíamos prisioneras, y allí se sentaban en la arena, muertas de miedo, y tía Honorina casi lloraba diciendo. “No, no por Dios, Arturín”.
Nosotros nos retronchábamos de risa cuando decía “Arturín” y estuvimos llamándole así al menos una hora, hasta que nos cansamos.
Nos cogíamos de las manos y entrábamos todos juntos corriendo en el agua y nos tirábamos a plancha. Las señoras no, sino que se sentaban donde no cubría más que tres dedos. Como Alberto, el amigo de Paco, era tonto abría la boca y se le llenaba de agua y arena y después vomitaba y tenía siempre un resquemor amargo.

Era divertidísimo ver las piernas de tía Honorina debajo del agua, que engordaban y adelgazaban y eran blancas y verdosas. Nos daba mucho asco.

Una chica mayor, recién llegada de Madrid, muy guapa con la voz muy clara y como triste nos decía a los niños: “A ver quién es valiente y viene conmigo hasta la isla del Camello” Pero no nos atrevíamos. Entonces se iba nadando ella sola hasta la peña, que estaba muy lejos, donde casi no se veía. Nadaba con las pulseras y se veían salir los brazos brillando con el agua y el reflejo del sol, e iba dejando una estela de espuma porque nadaba a crol.

La merienda era estupenda. Para los niños habían traído bonito, tortilla y carne empanada, y de postre naranjas, manzanas y ciruelas. También había plátanos y era muy divertido apretarlos por un lado para que saliese la chicha y enseñársela a los mayores y que todos los hombres se riesen,(nadie sabía por qué).

Los pedazos de tortilla y de carne estaban llenos de arena; las niñas teníamos el pelo mojado y pegado a la cara. Jugábamos entre los perros que saltaban y ladraban y les dábamos lo que había sobrado de la merienda.

Como no debíamos dejar ni un desperdicio ni un papel en la playa “porque hay que enseñar a la gente a ser ejemplares”, amontonábamos las bandejas de cartón y las mondas y les prendíamos fuego.

Cada cual cogía un bulto –menos las señoras- y volvíamos a casa cantando y cogiendo moras que aún estaban verdes.

Yo sentía la espalda pringosa y con resquemor. Empezaba a salir una luna muy grande y olía a tomillo.

Teníamos que pasar junto a los chigres y los merenderos que estaban llenos de hombres bebiendo sidra y jugando a los bolos y a la llave. Daba gusto oír el golpe de la bola contra las maderas o el “clin” de la chapa al pegar en la llave.

Un hombre cantaba y papá nos dijo que nos sentásemos en una mesa a descansar un poco. Pidió sidra para todos, los niños también, y sentimos un picor burbujeante por dentro al beberla.

Empezaban a verse las estrellas.

De vez en cuando divisábamos un trozo de mar muy oscuro y daba miedo pensar en estar nadando solos por allí.

Tío Arturo le pidió a tía Honorina que cantase “Tengo tres cabritines”, y ella se puso toda colorada y dijo que cómo iba a cantar delante de toda aquella gente, y todos nos reímos.

De repente se acercó un hombre que apestaba a vino y dio una palmada a tío Arturo en la espalda y le dijo no sé qué. Él lo miro como atravesado y enseguida pagó la cuenta y nos marchamos.

Se oía la música que tocaba en un baile próximo, porque era domingo.

Al llegar a Gijón íbamos todos callados, como tristes. Hasta las luces eran tristes. Se veía el Club de Regatas lleno de bombillas de colores. La calle estaba llena de gente y pasaban tocando bandas de música. Olía a neumático caliente, y a colonia y a mar.

Estaba en Gijón el Príncipe de Asturias.

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Re: Memorias de un verano

Mensajepor Isabel Reyes » 28 Oct 2010 19:40

La casa estaba en penumbra. La conversación sonaba lejos, baja, como si unos frailes rezaran en el coro y nosotros los escucháramos desde la nave central de una catedral vacía.

Un calor como de música olía a vela amarilla. Era la hora mágica de la siesta, mullida y tibia, adormilada a la sombra de los árboles de un país muy hondo. Desde la oscuridad se oían chicharras y grillos que cantaban al sol y el fragor de los árboles cuando entraba una brisa salada desde el mar.

Paco no lo pudo resistir. Escapó a su habitación, se puso el bañador y salió corriendo por la puerta de la cocina. Lanzó una piedra a mi ventana. Yo supe que debía ponerme también el mío, de flores amarillas y mi sombrero de paja. Calcé mis alpargatas. Dejaban asomar el dedo gordo de mi pie derecho como un ratoncito. Paco siempre decía que apetecía morderlo y estar mordiéndolo toda la vida.

Nos marchamos hacia los grandes países de la tarde. El sol roncaba sobre los manzanos. Teníamos un miedo raro de aquellos árboles. Pertenecían a hombres locos, muy pálidos, que llevaban un cuchillo y a mujeres con mirada de odio y si el sol estaba rojo aullaban echando espuma por la boca. Inoculaban a los niños veneno mortal con un alfiler negro.

La luz era densa, azul y negra, de terror misterioso que bajaba de un cielo enorme.

Íbamos silenciosos. De vez en cuando nos parábamos para coger moras y nos las ofrecíamos el uno al otro. Comíamos mirándonos a los ojos con las caras teñidas de jugo morado. Seguíamos andando sin hablar nada, temblando. A veces yo me pinchaba con alguna espina y Paco me chupaba la sangre de mi dedo ensangrentado. Me besaba. Sentíamos un miedo raro, porque era un rito secreto, una especie de pecado. No sabíamos bien el porqué. Yo parecía una gata apretándome contra su pecho. Casi llorando le decía: “tengo miedo”. Y Paco con ternura, me abrazaba fuerte -sus labios en mi pelo- sonriendo de plenitud. Y seguíamos caminando hacia el mar.

La playa era de acceso difícil, rodeada de acantilados revestidos de helechos. En cuanto pisábamos la arena nos quitábamos las alpargatas e íbamos como tiros a lanzarnos a plancha sobre las olas. Una furia de felicidad nos volvía locos de alegría. A veces Paco entraba dando un salto mortal porque sabía que a mí no me gustaba. Alguien me había dicho que un niño se había roto así el espinazo.

Yo saltaba sobre Paco, le hacía tragar agua y salía corriendo hasta la orilla; él me alcanzaba y me restregaba la cara contra la arena. Yo pedía clemencia casi llorando, y él magnánimo, me concedía la libertad.

Volvíamos a bañarnos para ver quien llegaba primero a la isla del Camello, rodeada de barbas de espuma y tumbarnos allí panza arriba a tomar el sol y después bucear en ese mar pequeñito y transparente, de fondo verde, entre las dos jorobas del camello cuando la marea estaba alta, para seguir nadando hasta las peñas de los Monstruos. Eran muy oscuras y sonaban a Eco, un hombre muy triste, encerrado no se sabía dónde. Daba mucha pena de él porque a veces lloraba bajito. En las peñas de los Monstruos nos pinchábamos los pies. Había cangrejos escondidos en las cuevas. Y grutas con luz temblorosa verdiazul. Más adentro dormían escondidos tesoros y misterios increíbles. Unos dioses romanos nos sonreían dirigiéndonos hacia un lugar muy estrecho que nos llevaba a la edad antigua. El cielo era más azul y el mar más morado y los pájaros todos blancos. Se salía a otro mundo extrañísimo, tan hermoso que es imposible recordar sin que se le pare a una el corazón. Porque estaba cayendo el sol y el cielo estaba rojo y dorado y la mar de color vino y no hacía nada de viento y olía a tomillo y a jazmines…

Yo estaba muy seria sentada en cuclillas delante de Paco mirándole fijamente
-¿En qué piensas?

Siempre le provocaba mirándole a los ojos. El no lo podía resistir y se abalanzaba sobre mí. Yo corría hacia al agua para nadar y darle aguadillas.

Salimos de la sombra de las peñas y entramos en el sol, donde era un gozo calarse de agua tibia y salir - yo con mi melena cayendo sobre mi cara- y volver para bucear de nuevo por los canales submarinos repletos de algas.

Salíamos del agua felices para secarnos. El sol iba convirtiéndose en naranja y se escondía detrás de los eucaliptos. El cielo, mirándolo fijamente, tenía un brillar oscuro. - Esto debe ser el infinito- pensaba mientras hacía dibujitos sobre el cuerpo de Paco con chorros de arena que le hacían cosquillas. Y me miraba, me miraba…

Volvíamos despacio, muy juntos, muertos de una felicidad desconocida. El corazón nos llenaba todo el pecho. El mundo era una alegría rabiosa, de colores afilados y a la vez blandos y dulces como la leche recién ordeñada.
Entonces Paco, con una voz ronca, que no parecía la suya me dijo:
-Te quiero.
Yo sin dejar de mirarle a los ojos, me fui dejando atraer por él y cuando tuvimos los labios cerca, le dije:
-Yo a ti también.

Ya no hablamos más. Íbamos juntos, solos entre el silencio de la tarde. Solos entre el silencio del tiempo. Juntos y solos entre el mundo y el mar. Todo era como un gran arco y nosotros lo íbamos pasando y al otro lado quedaba nuestro mundo y nuestro tiempo y nuestro sol.

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El concierto

Mensajepor Isabel Reyes » 29 Oct 2010 17:20








Los días de concierto las señoras andan como gallinas cluecas. Hace calor y a las niñas nos prueban vestidos con muchos lazos.

El concierto es como una cosa de pelusa verde y llega gente de mucho cumplido diciendo “muy sentido”. “Un pedal muy sentido”.

Era un gran misterio y había que decir bajo y con cara de aburridos “Chacosqui” y sobre todo ese brujo “Chopán”.

Tía Honorina contaba entonces lo Milán. Fueron a la Scala y en la fila de atrás, ¿a que no sabes quién estaba”…? Los Herrero.

A los jóvenes les gustaba Mozart. La niña de al lado decía Motsart “Se educa en Inglaterra”, explicaban, y ella afirmaba que Motsart era una cosa inefable, hasta que alguien decía Amadeo era “el elegido de los dioses”.

Mozart venía en verano por los jardines llenos de flores. Y llegaban con él pastoras de relojes suizos a cantar. Pero, por encima de todo, tenía una pena muy grande y honda. Volvía por la noche solo, como si llorara.

Tío Arturo nos contaba en la cama la Sinfonía de 1812. La estaban tocando en el pickup abajo, y las personas mayores se reunían a escucharlo. Nosotros estábamos arriba en la cama, porque eran más de las diez.

Tío Arturo fumaba muy espacio.

Primero sonaba el órgano y cantaban los popes, que eran unos frailes rusos para indicar la paz de Rusia ante la invasión de Napoleón. Un cantor callejero cantaba una cosa muy alegre con una flauta.

Después se acercaba el ruido de caballería francesa y se oía el himno del Zar y “ Allons enfants de la patrie…” con una corneta.

Yo pensaba en Paco.
Me encantaría ir con él a cabalgar por la nieve en Rusia derrotando a Napoleón, que era idiota, y ahogando la Marsellesa hasta que sólo quedara un agudo finísimo de corneta, y luego nada, el silencio: todos muertos.

No sé por qué, de pronto se levantaba un viento muy triste y tibio, como si viniera del mar, pero que huele a flores. Va naciendo el viento de las flores de los establos calientes entre vacas somnolientas, nace a mis pies.

Volvía el Zar y los franceses estaban todos muertos sobre la nieve. Volaban entre el viento y yo los seguía hasta el sur de Polonia.

Íbamos sobre una nota rojiza que ardía temblando: las trompas se hacían poco a poco moradas, violetas, azules. “¿Cuándo se callan? Preguntaban los pájaros que pasaban hacia el norte.

“Se celebraron grandes festejos”…” Y nosotros, volando llegamos a una casa abandonada. Y nos salió a abrir un viejo con unos dientes verdes que decía “Pasen al jardín del Viento”. Era un jardín muy verde y lleno de luz. Al fondo, al pie de un cedro había una puerta y sonaba música dentro.

“Paco, amor mío, tenemos que morir” y yo respiraba muy agitada junto a su oreja.
Salía yo por la noche a bañarme nadando mar adentro desnuda. Me dejaba flotar boca arriba, muy quieta y estaba sola entre las estrellas: estaba muerta. Qué lleno de vació estaba el universo. Era como un eco dentro de otro eco. Las olas eran muy buenas y rompían en mí suavemente tibias, porque era de noche.

Debajo del mar cantaban con pena, como madres de hijos sin esperanza: “Jamás, jamás, jamás”. Era verdad: jamás.

Jamás volvería nada, ni el color de entonces, ni la ilusión… ni la vida.

Isabel Reyes
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Las de los magnolios

Mensajepor Isabel Reyes » 29 Oct 2010 17:23

Las de “Los Magnolios” eran buenas y serviciales, pero un poco pelmas.
Al anunciarse su visita las tertulias se deshacían, los hombres pasaban a otra sala y las señoras, obligadas a aguantarlas recomendaban: “Hay que tener caridad con las pobres chicas.

Las llamaban “pobres chicas” y en esas dos palabras se expresaba muy bien el concepto que Gijón tenía de ellas: un concepto entra amable y burlesco muy difícil de precisar.
Eran dos hermanas, Pepita la mayor y Enedina la menor.

Exceptuadas dos o tres señoras de “Las Marías” nadie sabía sobre su pasado. La gente joven suponía que habían nacido en “Los Magnolios”, sin padre ni madre, como una yerba más del jardín.
Y es que eran realmente así: vegetales. Eran vegetales sus ojos inmóviles, sus talles imprecisos como espárragos y sobre todo aquel silencio húmedo que emanaban, como si vivieran metidas en un fanal impalpable pero imposible de traspasar.

Por esa vocación novelística que tiene la gente, algunos hablaron de secretas pasiones y de una azarosa vida de juventud, pero no se pudo confirmar nunca. Cuando se estrenó el nuevo armónium de la iglesia, corrió la voz de que una de ellas iba a encargarse de tocarlo. Aquello hubiera descubierto un aspecto sensacionalmente romántico de la vida de las pobres chicas, y hasta cierto punto, hubiera podido autorizar las opiniones de los imaginativos. Pero jamás lo hicieron.

Vegetalmente, jamás hablaron una palabra de música. Tal vez ni sabían que la música existía.

“Los Magnolios” era una casa de una sola planta, con las paredes cubiertas de parra virgen y heliotropo. Tenía un pequeño jardín con césped, rosales y cinco o seis cedros junto a la verja para preservare de las miradas indiscretas.

Habían comprado la finca de ocasión a un vasco un poco raro que trajo a Gijón la afición al croquet. Nadie sabía de dónde había venido, hasta que un día se cansó de Gijón, malvendió la casa y se fue.

Las dos hermanas se instalaron allí sin gran aparato y como el vasco había dado a la casa un carácter sombrío les fue muy fácil mantenerse en un aislamiento que, al parecer deseaban ambas al principio.

Después poco a poco fueron relacionándose con sus vecinas, pero su sociabilidad se desarrolló en un “crescendo”, tan lento, que aunque a última hora se trataban con todo el mundo, no perdieron la fama de retraídas que se habían ganado en los primeros tiempos de su estancia en Gijón.

Económicamente las de “Los Magnolios” eran también vegetales, es decir, clases pasivas. Pero la pensión les daba –según ellas- para mantener el armario, y tenían que ayudarse. Lo hacían haciendo “labores para afuera”.

Hacer “labores para afuera” es una de las pocas profesiones remuneradas que puede ejercer una señora sin dejar de ser señora. Se dice “tienen mucho arte y se ayudan haciendo labores”. Todo resulta así superfluo, “amateur” y hasta elegante. Da la impresión de que las labores se hacen a ratos perdidos, por no aburrirse, y que luego se regalan a las amistades. Naturalmente todos saben que no se regalan; pero tampoco puede asegurarse que se compren.
La dueña de la casa enseña a las amigas un centro de mesa, y dice: “Es una labor de las de “Los Magnolios”… Jamás dirá: “Se lo he comprado a las de “Los Magnolios”; No se mentía, pero tampoco se decía la verdad.

Todo lo referente a compraventa se evita cuidadosamente y los tráficos de las pobres chicas envueltos en una especie de bruma tenue, en que se mezclaban algunas obras de misericordia con los pecados capitales.

Pero las hermanas no debían vender mucho. Aquellos eternos motivos de pavos reales y margaritas empezaban a cansar. Las señoras que habían acogido con entusiasmo los primeros tapetes, empezaban a limitarse a comprar obras pequeñas que nunca se podían cobrar muy caras, y éstas…de pascuas a ramos.

Últimamente había que tener mucho cuidado de colocar en su sitio los paños de las butacas o los centros de mesa cuando las hermanas llegaban de visita. A veces se olvidaba y había que inventar algo para disculpar la ausencia de “sus cosas”. Se hablaba vagamente de una señora de Oviedo que quería copiar el dibujo, y aparentemente las hermanas quedaban satisfechas.

Además de estas labores, Pepita y Enedina, trabajaban en la iglesia. Dirigían a los sacristanes y cuidaban los detalles sobre todo. Por ejemplo, cuidar de que nadie ocupe las sillas particulares, exigir amablemente a los hombres que no suban al coro los días que cantan las chicas del orfeón y ejercer con suma diplomacia otros mil quehaceres.

Pero sobre todo, adornar el altar.
Sabían que la gente confiaba en su arte cuando había una boda y se sentían responsables de la magnificencia del templo. La víspera la pasaban cogiendo flores por los jardines de la vecindad. Sabían en qué jardín encontrar las mejores rosas, en qué otro las mejores calas o los mejores lirios y hasta la mejor hiedra.

Por la tarde, después de comer, se metían en la iglesia a trabajar. Solían terminar antes de las siete, pero algunos días, los días de bodas de postín, había que seguir trabajando después de cenar hasta cerca de la madrugada.
Pasaban la noche nerviosa sy a la mañana siguiente no sabían si iban a atreverse a aparecer por la iglesia.
Pero al fin, la curiosidad por ver a los novios se aliaba a su vanidad de artistas y salían a recibir las felicitaciones del cura y de los invitados. Las pobres chicas aparentaban morirse de vergüenza.
“Pero qué exagerado es usted. Además, teniendo a mano esta hermosura de flores, es muy fácil lucirse un poco…”

Se notaba que las alabanzas eran sinceras, pero duraban poco; enseguida se pasaba a discutir la distribución de la gente en los coches.
“Doña Eulogia, usted y Pepe pueden ir en el Seat…” No, no tengo prisa. Está esto tan hermoso que casi me alegro de esperar al segundo viaje. Ya pueden dar ustedes gracias a Dios por vivir en un sitio tan bonito…”

En las bodas siempre había gracias que las hermanas no entendían. Debían referirse a sucesos pasados que ahora pasaban rozándolas, a episodios de vidas pasadas que se mezclaban con las de ellas en el adorno de la iglesia y que volverían a separarse para siempre. Pero aquella gente que se reía… jóvenes ocurrentes, viejos de calva sudorosa estrechando la mano al párroco para dejar una limosna discretamente….: “ya sabemos todos los gastos de una iglesia como ésta”.
No, no era verdad. No sabían nada de los gastos de una iglesia como aquélla, no sabían nada de la iglesia, ni del párroco, ni si el barrio era hermoso. Ni creían que tuviera gran mérito el adorno del altar. Hablaban rápido y superficialmente: “Son ustedes unas verdaderas artistas, unas grandes artistas…”

¡Y sin embargo aquel caballero parecía decirlo sinceramente!. Aquella señora tan distinguida, estaban seguras de que era incapaz de alabar una cosa si no le gustaba, y había dicho… ¿cómo fue lo que dijo, Pepita? Ah...sí, algo como “qué sencillo, qué expresivo y qué hermoso”
Pero el ambiente no se podía definir: todos hablando, todos riéndose y gritando entre los motores de los coches.

Se alejaban por fin y las dos hermanas quedaban en la puerta diciendo adiós. El párroco y la gente que había ido a ver la boda emprendían la retirada.
¿Vienen ustedes?
Pero sabían que nadie tenía interés en que fueran y se disculparon con un quehacer cualquiera.
“Muchas gracias, pero queremos echar un vistazo a la sacristía”.
No querían echar ningún vistazo, no tenían que echar nada, pero no querían ir.


Se alejaba el párroco con su grupo, y las de “Los Magnolios” quedaban solas, quietas, mirándose sin decirse nada.


Los días de concierto las señoras andan como gallinas cluecas. Hace calor y a las niñas nos prueban vestidos con muchos lazos.

El concierto es como una cosa de pelusa verde y llega gente de mucho cumplido diciendo “muy sentido”. “Un pedal muy sentido”.

Era un gran misterio y había que decir bajo y con cara de aburridos “Chacosqui” y sobre todo ese brujo “Chopán”.

Tía Honorina contaba entonces lo Milán. Fueron a la Scala y en la fila de atrás, ¿a que no sabes quién estaba”…? Los Herrero.

A los jóvenes les gustaba Mozart. La niña de al lado decía Motsart “Se educa en Inglaterra”, explicaban, y ella afirmaba que Motsart era una cosa inefable, hasta que alguien decía Amadeo era “el elegido de los dioses”.

Mozart venía en verano por los jardines llenos de flores. Y llegaban con él pastoras de relojes suizos a cantar. Pero, por encima de todo, tenía una pena muy grande y honda. Volvía por la noche solo, como si llorara.

Tío Arturo nos contaba en la cama la Sinfonía de 1812. La estaban tocando en el pickup abajo, y las personas mayores se reunían a escucharlo. Nosotros estábamos arriba en la cama, porque eran más de las diez.

Tío Arturo fumaba muy espacio.

Primero sonaba el órgano y cantaban los popes, que eran unos frailes rusos para indicar la paz de Rusia ante la invasión de Napoleón. Un cantor callejero cantaba una cosa muy alegre con una flauta.

Después se acercaba el ruido de caballería francesa y se oía el himno del Zar y “ Allons enfants de la patrie…” con una corneta.

Yo pensaba en Paco.
Me encantaría ir con él a cabalgar por la nieve en Rusia derrotando a Napoleón, que era idiota, y ahogando la Marsellesa hasta que sólo quedara un agudo finísimo de corneta, y luego nada, el silencio: todos muertos.

No sé por qué, de pronto se levantaba un viento muy triste y tibio, como si viniera del mar, pero que huele a flores. Va naciendo el viento de las flores de los establos calientes entre vacas somnolientas, nace a mis pies.

Volvía el Zar y los franceses estaban todos muertos sobre la nieve. Volaban entre el viento y yo los seguía hasta el sur de Polonia.

Íbamos sobre una nota rojiza que ardía temblando: las trompas se hacían poco a poco moradas, violetas, azules. “¿Cuándo se callan? Preguntaban los pájaros que pasaban hacia el norte.

“Se celebraron grandes festejos”…” Y nosotros, volando llegamos a una casa abandonada. Y nos salió a abrir un viejo con unos dientes verdes que decía “Pasen al jardín del Viento”. Era un jardín muy verde y lleno de luz. Al fondo, al pie de un cedro había una puerta y sonaba música dentro.

“Paco, amor mío, tenemos que morir” y yo respiraba muy agitada junto a su oreja.
Salía yo por la noche a bañarme nadando mar adentro desnuda. Me dejaba flotar boca arriba, muy quieta y estaba sola entre las estrellas: estaba muerta. Qué lleno de vació estaba el universo. Era como un eco dentro de otro eco. Las olas eran muy buenas y rompían en mí suavemente tibias, porque era de noche.

Debajo del mar cantaban con pena, como madres de hijos sin esperanza: “Jamás, jamás, jamás”. Era verdad: jamás.

Jamás volvería nada, ni el color de entonces, ni la ilusión… ni la vida.

Arantza G. Mondragón
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Re: Memorias de un verano

Mensajepor Arantza G. Mondragón » 30 Oct 2010 16:56

Me alegro que hayas recuperado estas Memorias de un verano, Isabelita. Biennnnnnnnnnnnnn.
Un beso.

Isabel Reyes
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Re: Memorias de un verano

Mensajepor Isabel Reyes » 02 Nov 2010 16:55

Faltan algunas (pocas), no las encuentro.
Pero sí en el caos de archivos que tengo aparecieronnnnnnnn

Gracias por el seguimiento, Arantza. Un abrazo.

Isabel Reyes
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Re: Memorias de un verano

Mensajepor Isabel Reyes » 08 Dic 2010 17:05

Los de la pandilla, a bici tendida, cruzábamos las calles silenciosas de la tarde. Las chicas llevábamos vestidos color rosa y las faldas se nos hinchaban con el viento.

¡Adiós, don Jesús, ojala le salgan cuarenta veces las cuarenta!

Cortábamos a nuestro paso brisa salada y fresca.

Entramos, entramos, píiiii.
Entramos en ese momento en zona de olor a goma quemada.
Ahora en la del ruido de las sierras mecánicas.
Ahora en la de los perros y la señora gorda con bata de flores.
Estamos frente a la playa. El aire zumba de tal manera en las orejas que los orejudos tienen que bajarse de la bici y seguir a pie.

Paco va detrás de mí. De vez en cuando el viento me alborota la falda y deja mi piel al descubierto, que es casi tan dorada como mi pelo. Él me mira las piernas.
-Eres imbécil- le digo.
-¿Por qué? me dice.
- De sobra lo sabes.

De pronto, la catástrofe. Delante de nosotros tres guardias tapando la calle y nosotros sin matrícula. Paco agarra mi bici por el sillín y me dice que escape corriendo mientras él entretiene a los guardias.
Lo siento heroico.
Yo me quedo a su lado, muy feliz, mientras me arreglo el pelo.



Llegó la ira.
-Matrícula, hagan ustedes el favor.

La primera impresión, fue el asombro al oír que nos trataba de usted, la segunda, la mano helada de Paco sobre mi brazo; la tercera, una voz que decía: “Acompáñenme”.

La inspección de la guardia municipal era oscura y fría.
Siete números en un banco parecían dormitar de aburrimiento. Detrás de una puerta de cristales, los inspectores, todos canosos, con aire de obispos anglicanos hablaban muy bajito.

De pronto, entró el jefe de la Policía Municipal.

-¿Qué príncipe griego hay que tenga siete letras? –dijo-. Luego se fijó en nosotros. -¿Qué quieren estos chicos?
-Se les ha pescado sin matrícula.
Nos ha pescado usted, daban ganas de decirle. Pero no dijimos nada.
-Bueno, pues se quedan sin bicicleta –dijo el inspector- Tómenles el nombre y el de sus padres.

Yo me eché a llorar y me dio mucha rabia. Si hubiera tenido una pistola mato a todos los guardias.

Nos tomaron los nombres y nos dejaron solos esperando.
Estábamos en un diván polvoriento que olía a tabaco, a tortilla y a vino.

-¿Paco, sabes qué te digo?
-¿Qué?
-Que desde hoy me hago comunista.
-Eres tonta
Paco se acercó a mí, suave como un gatito.

Iba oscureciendo. Una luz débil, entrando por la claraboya llenaba la pared de sombras chinescas. Los números roncaban.
-Lo que hay que hacer es que nos devuelvan las bicis- dije

De pronto reapareció el inspector con un periódico en la mano
-¿Qué hacéis aquí? –nos preguntó.
Nos dijeron que esperáramos
-¿A qué?
No lo sabíamos y nadie le contestó.
La inspección dormía. El inspector me miró y se sonrió.
-¿Por qué no llevabais matricula?
No dudé y dije:
-Es que acabamos de llegar de Madrid.

Era mentira pero lo dije con tal frescura que el inspector se lo tragó. O no se lo tragó, no sé. El caso es que se puso de buenas.
No me pude contener y le dije que el príncipe griego de siete letras era Aquiles.
El inspector entró por el periódico y comprobó que era verdad. Paco me miraba.
Aquello era mejor que el comunismo.

Bueno, dijo el inspector, podéis iros con las bicis.
Salimos corriendo.
-¿Cómo sabías que era Aquiles? Me preguntó Paco mientras pedaleaba a mi lado.
-Porque tío Arturo estuvo haciendo el mismo crucigrama después de comer.

Paco no sé por qué, me sacó la lengua y se metió al sprint por la carretera. Nos quedaban tres kilómetros por lo menos hasta llegar a casa. Era noche cerrada.

Corrimos un poco y estábamos cansados.

Con no sé qué pretexto nos bajamos de las bicis. Cantaban las ranas y también los grillos. De vez en cuando silbaba un sapo.
Paco me cogió del brazo, me acarició y yo me dejé.
Me tocó el cuerpo, me acarició y también me dejé.
Entonces no se pudo contener más y me besó en los labios, aunque yo sabía de sobra que era pecado.

Mercedes Carrión
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Re: Memorias de un verano

Mensajepor Mercedes Carrión » 11 Jul 2011 08:45

Por fin tuve un tiempo y un sosiego para pasearme por tus memorias veraniegas de las que se desprende un recuerdo de auténtico amor por tu pasado, por aquellos recuerdos que te dan la certeza de que en aquellas raíces se iba cuajando el escenario de tu vida, los cimientos de tu desarrollo como persona y que hoy contemplas y compartes con alegría pues verdaderamente contienen mucho, mucho más, y todo bueno, de lo que vas relatando.

La narradora es comedida pero intensa. No te pierdes en contenidos descriptivos excesivos que pudieran cansar a quien te sigue. Los personajes, paisajes, interiores, anécdotas...ocupan su sitio en un esquema delicioso y creo que muy decidor.La emoción está contenida pero se puede respirar. Todo se visualiza sin esfuerzo. Naturalidad sería la palabra. Naturalidad y color. Y una sencilla elegancia que siempre acompaña lo que escribes

Los que hemos vivido esa época en otra latitud y entorno, sabemos bien de qué se trata y qué importante era. He conocido a muchachas en las que te veo reflejada y muchas de ellas no supieron valorar y lo que es peor, aprovechar, un entorno favorecedor en un país de escasas posibilidades para tantos. Estoy segura de que desde tu lucidez y sensibilidad muchas veces has dado gracias a la vida por aquellos soportes maravillosos que te envolvían y te brindaban experiencias tan enriquecedoras y que tu inteligencia natural supo asumir y multiplicar por mil. Qué buen punto de partida para llegar a caminos de madurez personal y profesional, compartiendo ese mundo interior que se adivina en tí de fortaleza y profundidad y sobre todo muy humano, muy asequible. Yo doy gracias a la vida, muchas, porque a partir de otros escenarios y otros argumentos, fue cambiando mi rumbo hasta estos días de plenitud en que poder disfrutar de personas como tú, que tenéis tanto que dar y no os duele hacerlo.

Todos los apuntes y anécdotas me han hecho sonreir. Desde el carro, pasando por las bicis, la retención en el cuartelillo, las huchas...los niños creciendo como cabras, el tío poeta y cómplice, el triángulo Fina-Paco-violín, el Pájaro de Cristal (preludio de la poeta), los conciertos que describes con socarronería pero que están a la base de tu melomanía...la impresión un tanto mordaz de las personas mayores, incluido el pobre cura, en fin, todo tu recuerdo es risueño, como ese apunte de amor adolescente tan lindo. Y de fondo el mar y el paisaje amados...Una belleza. He disfrutado con la lectura y ahora compartiendo contigo mis impresiones. Un beso, Isabel, maja...Mercedes.

Isabel Reyes
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Re: Memorias de un verano

Mensajepor Isabel Reyes » 17 Jul 2011 11:01

Me alegro que hayas pasado un tiempito por las prosas, Mercedes. Te aconsejo que bajes más por estos foros en los que puedes encontrar obras buenísimas de otros autores.

Hace poco comentaba con mi hermana que a pesar de las enormes dificultades económicas de nuestros padres, recordábamos nuestra infancia como una época feliz. Fueron malos tiempos en los que las privaciones estaban a la orden del día y más en una familia que aumentaba sus miembros prácticamente cada año y medio.

Estas memorias tienen mucho de verdad y también de fantasía (fifty-fifty). Mi entorno no era precisamente favorecedor. En realidad la que viajaba a Gijón era yo, casi por la caridad de mis tios, para pasar los veranos que marcaron aquella época. Siempre les estuve agradecida por ello, por los vestidos y bañadores que me confeccionaba mi tía (nosotros contábamos con un vestuario muy escueto) y porque el Cola Cao no estaba restringido y podía echarme cuantas cucharadas quisiera ;-) .

Siempre me he sentido bien en cualquier ambiente, me acomodo con facilidad a todo, nunca siento el desarraigo de mi tierra. Como yo digo soy ciudadana del mundo aunque suene a tópico. Y todo lo que he conseguido Mercedes, todo, ha sido por esfuerzo personal de lo que estoy sumamente orgullosa. Sin embargo mis primos no llegaron a nada… tenían de todo y no supieron valorar lo que de verdad valía la pena.

Las historias son ciertas. Y en cuanto a la música, tengo que confesarte que el padrino de un hermano que tenía “posibles" le regaló un pick-up. Mi madre, gran melómana, fue rápido a comprar dos discos singles de aquellos a 45 r.p.m. y llegó con “La Rosamunda” y “La incompleta” de Schubert, y desde entonces estoy enamorada de la música clásica. Cuando tuve algo de poder adquisitivo, además de comprarme todos los discos de los Beatles (que aún conservo) y de otros grupos y cantantes de moda, compré las obras de Edvard Grieg, y entre ellas, cómo no, la canción de Solveig.

Un abrazo, Mercedes. Se me soltó la lengua juasssss. Gracias de nuevo.


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